miércoles, 11 de mayo de 2016

CUENTO DE LA HUERTA

CUENTO DE LA HUERTA

Mire usted, desde hace mucho tiempo me siento como una lechuga. Y es más... me siento como el lumpen de las lechugas.
Así, de la nada, me di cuenta que soy el más estúpido de los vegetales. Y, desde que me di cuenta, la cosa fue de mal en peor.
Me siento como un pedacito de lechuga impunemente adherido a los dientes postizos pringosos y amarillentos de una gorda vieja y mugrosa.
Directamente de la huerta a los dientes de la gorda. Así me siento hoy.
Y es que probablemente sea una lechuga. Rodeado de pulposas y nutritivas hortalizas, hermosas frutas, picantes rabanitos… a mí me tocó ser una lechuga.
Probablemente dejé que así fuera porque eso hacen las lechugas… nada. No hice nada para ser algo más sabroso, más interesante, como lo fui hace mucho tiempo. Porque, vea usted, yo alguna vez debo haber sido un jugoso tomate, un perfumado damasco, una sabrosa frutilla o un colorido durazno.
Le digo más, yo alguna vez hacía que las cosas sucedieran. Ahora simplemente me suceden sin acción ni reacción.
Le explico: por eso me siento lechuga.
Inerte como sólo las lechugas pueden ser, a veces me mea un perro o me caga una vaca, en el mejor de los casos, cuando no me agarra a mordiscones un cerdo insaciable o me pisotea un caballo empecinado en darme mi merecido.
Y acá estoy, vea, viviendo como las lechugas viven.
Y le cuento, no sé si me interesa dejar de ser una lechuga.
Disculpe que le diga pero es mucho trabajo ser algo más.
Porque, mire, no me costó nada ser esto que soy… pero ser otra cosa es demasiado agotador para una lechuga como yo.
Además sépalo, el otro día escuché al hortelano decirle a su mujer que yo, léalo bien, estaba listo, casi pasado y que me tendrían que cosechar.
Imagínese mi espanto al saber que mi destino no sólo era la muerte… además sería quedar pegado en los dientes postizos de la gorda.
Créame, ante mi anunciado fin, reaccioné como sólo las lechugas pueden hacerlo: me quedé bien plantado.

Y finalmente le confieso algo: sólo pretendo que no duela mucho porque mi capacidad de llorar anida en mis raíces, profundamente enterradas.

lunes, 23 de noviembre de 2015

NECROPSIA


Siempre creí ser peronista. Porque vengo de tradición y familia peronista, porque fui militante peronista, porque vengo del MUN y luego de la JUP, porque fuimos la resistencia contra las dictaduras, porque aportamos la mayoría de los muertos y desaparecidos en las largas noches de esta amada Argentina.
Los que éramos muy jóvenes, sindicalistas, estudiantes y obreros luchando en esas épocas tenebrosas y pusimos nuestra sangre en tierra, fuimos perseguidos, desaparecidos, exiliados, escondidos, fusilados, secuestrados o encarcelados.
Perón murió de viejo. No me hablen de Perón
Hoy, viendo los resultados de las elecciones presidenciales, tengo que asistir a la autopsia que es necesaria para esclarecer una muerte. No la muerte del kirchnerismo que murió con Néstor y no merece mayor análisis, sino la muerte mucho más traumática (y no comprendida aún) del peronismo.
Pero el cadáver del peronismo no es el cadáver de Perón; tampoco es un cadáver de ahora, no es una muerte reciente. Así es que debo trabajar como forense en un cadáver corrupto y agusanado, en vías de convertirse en cenizas.
Quede claro que el peronismo es un cadáver. No se hacen autopsias sobre carne viva. El peronismo está bien muerto desde antes, inclusive, que muriera el propio Perón.

¿Cuándo murió el peronismo? ¿Causas del deceso? ¿Quién se benefició con su muerte?
Preguntas que un buen forense debe responder para que los pesquisas tengan oportunidad de descubrir qué pasó, cuándo pasó y quién fue el culpable.
La primera respuesta está clara, es obvia, pero debe figurar en el informe. El peronismo murió  el 26 de julio de 1952. Es pura coincidencia que, en esa fecha, también murió Eva Duarte. Como nota al pie debo acotar que los que ganaron las elecciones presidenciales en este 2015 son los sucesores de quienes pintaron las paredes de Buenos Aires con leyendas tales como “viva el cáncer” cuando se supo de la enfermedad de Eva.
La segunda respuesta puede ser opinable pero es mi análisis y, en consecuencia, mi opinión. Las causas de la muerte fueron varias y concomitantes, aunque la principal fue la bipolaridad ideológica del general Perón. Es cierto que la bipolaridad no suele ser mortal ni contagiosa aunque, en este extraño caso, fue ambas cosas. El propio Perón abortó toda posibilidad de que existiera un “peronismo sin Perón” a pesar de su discurso de trasvasamiento generacional, guerra revolucionaria e insurrección popular…
La tercera respuesta también es obvia, un poco escatológica, pero debe decirse claramente: los únicos beneficiados con una muerte, con cualquier muerte, son los gusanos. Y los gusanos proliferaron, mutaron, hicieron todo lo que hace un gusano que se precie. Hicieron metamorfosis, algunos, transformándose en moscas, otros en moscas que parecían mariposas pero eran moscas nomás y otros, la mayoría, permanecieron como gusanos de alta tasa reproductiva.
Millones y millones de gusanos de los cuales, eventualmente, devenía una mosca nueva que, como la entomología explica claramente, ponen sus huevos en el cadáver y producen más y más gusanos. Ese ciclo sólo se termina cuando ya no quedan trazas del cadáver.
Y comienza una paradoja sociológica, por no decir entomológica. Siempre hay cadáveres para que los gusanos se reproduzcan en un ciclo que jamás terminará porque los gusanos hasta se devoran entre ellos a la espera de nueva carne muerta.
Ahora devenido en forense, yo también fui alguna vez uno de esos gusanitos, hasta que ciertas trazas de ética inculcada en familia, impidieron que me canibalizara. En consecuencia mi destino, como el de muchos otros (el kirchnerismo como ejemplo más reciente) es la extinción.
Como fauna cadavérica simbiótica aparecen los radicales olvidadizos, los conservadores, los neoliberales, los pos neoliberales, los zurdos de plástico, los fachos golpistas, los medios monopólicos, los bufones del reino, los sindicalistas millonarios y la clase media cacerola. También los pibes chorros con remeritas del Che y algunos calvos con esvásticas en la frente y en el cerebro. En ese escenario contaminado y degradado no podía ser de otro modo: debía ganar la enfermedad crónica del gorilismo más recalcitrante.

Enigma resuelto: ¿Cómo pudo ganar Macri?
También es obvio: millones de gusanitos flacos, desconformes, temerosos y envidiosos de los gusanos gordos y caníbales, votaron a un insecto de otra especie: una cucaracha. Sabiendo todo lo asquerosas que son las cucarachas, votaron a una cucaracha. Entonces, entre gusanos y cucarachas yo decidí ser apasionado forense, insecto de otra especie no clasificada. Reniego de los gusanos y las cucarachas me producen náuseas. Decididamente soy de otra especie.

Conclusiones:
El peronismo murió hace mucho tiempo aunque algunos, muy pocos, todavía canten la marchita.
Se lo comieron los gusanos, algunos gorditos y otros flaquitos.
Los gusanos votaron, esta vez, a una cucaracha.
Los gusanos gorditos  terminarán comiéndose a la cucaracha.
Luego, cuando las cucarachas sobrevivientes consigan un helicóptero, los gusanitos tendrán que votar nuevamente a otro gusano.
El peronismo… ¿qué peronismo?

domingo, 2 de febrero de 2014

CARTA ABIERTA

A LOS GOLPISTAS DE SIEMPRE Y A LOS NUEVOS Y VIEJOS ENGENDROS ECONOMISTAS
QUE TIENEN SOLUCIONES MÁGICAS… HASTA QUE LES TOCA GOBERNAR

Aclaración previa: utilizo aquí lenguaje vulgar y grosero. Seguir con la lectura de esta carta es de exclusiva responsabilidad de quien lo quiera hacer.

Cogotudos del campo… cogotudos del orto.
Nos explicaron que por la falta de trigo se cuadruplicaría el precio del pan… pero nunca faltó el pan. Por consiguiente nunca faltó el trigo porque, de no haberlo, tampoco habría pan. Nos mintieron. Estaban (y de hecho están) sentados sobre los silos acopiadores para manipular el precio del trigo y otros tantos granos vitales para la alimentación de los argentinos.
Que se sembró menos, que no convenía, que la soja rinde mucho más, que las retenciones, que los valores de exportación, que la sequía, que el exceso de lluvias, que las heladas, que el granizo, que los agroquímicos, que el dólar, que la Cristina es una yegua. Que se vaya la Cristina.

Nos explicaron que no había ganado y que por eso el precio de la carne se multiplicó por diez. Sin embargo, no falta la carne en las carnicerías. Nos mintieron. Que faenan vaquillonas viejas y hasta vacas lecheras porque no hay ganado, que el dólar, que la cuota Hilton… Bastaría recorrer los campos repletos de feedlots (no sé si está bien escrito porque el inglés no es lo mío) llenos de ganado de primera, de novillos, de los que supuestamente no hay. Nos mintieron. La Cristina es una yegua. Para que aparezca la carne…que se vaya la Cristina. No necesitamos yeguas, necesitamos novillos.

Nos explicaron que en los tambos no hay vacas lecheras porque las faenan para compensar la falta de los novillos que no faltan. Que ordeñar no conviene y que por eso el precio de la leche se multiplicó por ocho. Por la altísima sofisticación de los lactobacilus (y otros tantos bichos mejoradores del producto y del precio) y lo caro y complicado que es meterlos en la leche. Que el precio de la alfalfa y de los alimentos fina y sabiamente balanceados para que las vacas (que no hay) produzcan más y mejor leche. Leche ocho veces más cara. La culpa es de la yegua porque las yeguas no dan leche apta para consumo. Que se vaya la Cristina.

Y así, día a día, nos explican de ingeniosas y convincentes maneras, que la solución de este país es que se vaya la yegua. Que se vaya a lavar los platos con restos de la comida (que no hay) por culpa de la misma yegua. Que las yeguas sirven sólo para montarlas y producir potrillos como ellos, briosos, de raza pura, intelectuales equinos de la economía. Son los golpistas cogotudos del orto, los de siempre, un poco más sofisticados y con modernas tecnologías de comunicación, pero a no confundirnos… son los mismos, los que voltearon a Alfonsín y a Illía, son los mismos. Cogotudos del orto.

Cogotudos de la industria… cogotudos del orto.

Que les falta el apoyo financiero del gobierno, que por eso no invierten en más y mejores industrias. Les falta, por ejemplo, el apoyo que en su momento les dio Martínez de Hoz, que nos endeudó a todos para que ellos, en vez de mejorar sus industrias, se timbearan la plata nuestra en Suiza… total, nosotros, los negritos de mierda, algún día terminaríamos pagando sus deudas. Y así fue merced a Domingo Cavallo y asociados. Los negritos de mierda siempre terminamos pagando las deudas ajenas. Para eso estamos. Porque la yegua les cerró las importaciones de miles de productos que deberían fabricarse acá, en el país de los negritos de mierda. Un raro fenómeno del capitalismo post-post neo liberal de la Argentina que espera y exige que las inversiones de capital se las financie el gobierno, el gobierno de la yegua, el gobierno que repudian. ¿Son o no son capitalistas? Parece que no. Son equinos. Es más sencillo ensamblar cosas fabricadas en china que ensamblar cosas fabricadas aquí, por los negritos de mierda. Porque, encima, los negritos tienen la tendencia a pedir aumentos de sueldo, cosa que los chinos no hacen y, si lo hacen, es problema de ellos. La industria argentina, salvo honrosas excepciones, es la industria del ensamble. Nos ensamblamos en contra de nosotros mismos, en contra de la yegua porque de ningún modo vamos a permitir que un negrito de mierda tenga acceso al mismo lcd o led, a la casa propia o al autito modesto, a la educación conducente y edificante de otros tiempos, a la salud pública digna… faltaba más. Eva Duarte murió, Illía murió, Perón murió, Alfonsín murió, Néstor Kirchner murió… y la yegua todavía no se muere. Hay que matar a la yegua. Para que reine la ignorancia y nunca, pero nunca, se le ocurra hacer “tronar el escarmiento”. Y la yegua nunca podrá escarmentar a nadie porque la matan de maneras más sutiles que las anticuadas asonadas militares. La matan haciendo que pierda las elecciones y obligándola a que gobierne con el ya probado y fracasado sistema del ensayo-error. Y la yegua no puede o no sabe qué hacer con los industriales que no industrializan nada y los del campo que nunca pisaron una bosta de vaca. Al fin y al cabo es mujer… debería irse a lavar los platos.

De los banqueros, de los buitres y otros cogotudos del orto.

¿Hará falta que hable de esos otros? Por las dudas lo haré. Son los financistas del apocalipsis que quieren los otros cogotudos del orto de los que ya hablé. Porque es sabido que en la debacle cambiaria, inflacionaria y monetaria ellos siempre se llenan de guita. Eso es sabido, comprobado e histórico. Y cuando la debacle no se produce sola, la provocan ellos. Porque es su forma de enriquecerse más allá de lo imaginable. Los bancos en la Argentina deben ser los únicos que desalientan los depósitos con intereses ridículos. Y eso es porque no se dedican a financiar nada más que a sí mismos. No prestan a los comerciantes, no prestan a los industriales, no prestan a los del campo. No les hace falta asumir los riesgos inherentes del capitalismo porque viven de otra cosa más sencilla. La especulación. El mejor negocio argentino. Y nadie, ni si quiera la “zurdita” Cristina, les toca el culo. La inflación, el otro mejor negocio argentino para los especuladores, es la solución que los enriquece. La Cristina no es la Evita. No les va a tocar el culo. Va a perder las elecciones porque cree que le ganó la guerra al Clarín olvidando la historia, por ejemplo de Rockefeller que, habiendo perdido su monopolio, se convirtió en el hombre más próspero del mundo, capaz de poner y sacar gobiernos a su antojo. Eso le está pasando a Cristina. La van a voltear y nosotros estamos permitiendo indolentemente que nos volteen a nosotros. Porque el discursito lineal de que la culpa es de la yegua es más sencillo de repetir y de creer. Mientras, en vez de unirnos en contra de la mierda financiera, salimos corriendo a atesorar algunos dólares, a cambiar el auto o a golpear cacerolas Essen para que se vayan todos. Tenemos desviados los objetivos, no sabemos distinguir al enemigo. Y, aprovechando nuestra ignorancia y corta memoria, los cogotudos del orto nos están dejando el culo sangrando… porque el de ellos sigue sanito y próspero. Aunque yo también debería aceptar el discursito simplista y maniqueo de que la culpa es de la yegua, de la Cristina, porque es mujer y no quiere irse a lavar los platos. Así mi vida en San Luis, decía, sería más sencilla, como la de los milicos… unos mandan y los otros obedecen. 

PD

Pero no puedo con mi naturaleza insolente y bocasucia. Soy escritor… permítaseme la licencia de la escatología en esta frase: cogotudos del orto, sigan con el plan maestro de rompernos el culo, total… ya sabemos a quién podemos culpar. Como la yegua que es, está disponible y a la vista; apunte, tire, pegue y festeje porque en una de ésas, la volteamos.

lunes, 4 de noviembre de 2013

METAL Y PIEL (Las líneas de la vida)

LAS LINEAS DE LA VIDA

Apenas rocé su botoncito rojo me respondió con un canto sin melodía ni compás; tenía frío. Desafinó unos minutos y fue encontrando armonía y las mieles de la tibieza. Se acompasó lentamente hasta que su voz encontró el tono justo.
-Estoy lista ahora -me dijo en un idioma que sólo entendíamos nosotros.
Suavemente enfilamos hacia lo que ambos queríamos, hacia el camino. Nos alejamos de la ciudad del viento, de su chatura pretenciosa, de su indiferencia y pequeñez. De sus ventanas enrejadas y de su gente prisionera del aburrimiento. Encontramos, por fin, el camino. Nos sentimos briosos, apremiados ante una recta ascendente que requería velocidad, mucha velocidad, tanta, que el aburrimiento se quedara atrás y no nos volviera a alcanzar.
Ella me explicó que se sentía bien corriendo pero que también quería danzar alrededor de esa línea blanca o amarilla, amarilla doble, a veces borrada por el tiempo. Quería danzar, transgredir las líneas porque esas líneas son también como las rejas de la chatura, de la ciudad de los aburridos. Y quedamos en un trotecito agradable como para bajar de a poco el ritmo, como los atletas, como los ciclistas, como los amantes, preparándonos para la danza esforzada y gozosa de quien se enfrenta a una inmensa montaña para subirla, subirla bailando. Y la montaña comenzó ominosa, poderosa, a exigir que mi corazón de carne se enlazara rítmicamente al corazón metálico de mi compañera.
-¿De qué estará preñada esa curva panzona que nos exige comenzar los primeros pasos?
-De paisaje, compañero, de paisaje está preñada… pero no te distraigas ahora y no me inclinés demasiado porque el asfalto está sucio, casi tanto como la gente que dejamos atrás.
Y comenzó el vaivén de un bolero lento y cuidadoso al principio, mutando rápidamente a una danza gitana que nos obligó a transgredir, una y otra vez, la línea de la ley amarilla que mantiene presos a los que ya están presos sin saberlo. Y vinieron, una tras otra, las preñeces de de cientos de curvas, unas más preñadas que otras, en subidas y en bajadas, por dentro y por fuera de la ley amarilla que separa a los que vuelven a prisión de los que, por fin escaparon, de ella. Y mi compañera ronroneaba de placer en cada contra curva que, de peligrosas, nos hacían sentir libres. Libres de toda libertad, aunque sólo bastaría soltarle un poquito las riendas para que cualquiera de esas curvas nos recuerde que la preñez termina en parto… abismo o montaña inamovible. No, no queríamos ser paridos… no todavía. Y cruzamos la ley, la ignoramos, la pisoteamos, la ensuciamos un poco más, la burlamos con la burla de los niños, nos reímos y nos asustamos, gozando con el goce de los niños.

En la cumbre nos detuvimos para recuperar el aliento. Miramos ahora el descenso lleno de nuevas curvas y líneas amarillas que, ambos sabíamos, nos llevaban de preñez en preñez a otra prisión, a otras rejas, a otro aburrimiento del cual volveríamos a escapar cuando quisiéramos, siempre juntos, hombre y máquina, para siempre prófugos alienados de la civilización que nos creó.

viernes, 18 de octubre de 2013

Señalame el camino

Señalame el camino, búho, en mi marcha oscura.
Señalame el camino, cuervo, en mi marcha silenciosa.
Señalame el camino, serpiente sabia, en mi marcha siseante.
Señalame el camino, luna cantina, para caminar por donde los pasos duelan menos.
Señalame el camino, lucero empecinado, y guíñame un ojo.
Señalame el camino, teru-teru, con tu engañoso grito.
Señalame el camino, amada, en mi retorno a la vida.
Señalame el camino, amigo, para evitar las trampas de la noche.
Señalame el camino, hermano, para no equivocar mi abrazo.
Señalame el camino, lluvia, para no equivocar mis lágrimas.
Señalame el camino, golondrina, para no volver al invierno.
Señalame el camino, zorzal, para no equivocar mi canto.
Señalame el camino, maestro, para no equivocar mis consonantes.
Señalame el camino, maestra, para no equivocar mis álgebras de amor.
Señalame el camino, Pedro, para volverte a ver cuando sea mi hora.
Señalame el camino, Juan, para olvidar la sangre y recordar las bagualas del monte.
Señalame el camino, hijo, para ser tu luz y quedarme.
Señalame el camino, papá y me recostaré, por fin, en tu amparo.
Señalame el camino, abuela, y enseñame la paz.
Señalame el camino, mamá, y así reconocer por fin, tus manos.
Señalame el camino, rabino sabio, para aprender a perdonar.
Señalame el camino, cura bueno, y enseñame a rezar.
Señalame el camino, jazmín, para saber que, por fin, llegué a sus brazos.

domingo, 2 de junio de 2013

Law šá lláh

Law šá lláh (del árabe "que dios lo permita")

Ojalá que no termine este día, que no termine, ojalá.
Que se quede el sol en ese poniente exacto un rato más, ojalá.
Que esta tibieza suya quede anclada en mi patio un rato más, ojalá.
Que se quede el sol un rato más y desmienta a Zarathustra, ojalá.
Que se quede ese sol y me enseñe, me demuestre, que dios no murió, ojalá.
Que el superhombre muera con dios, si dios ha de morir y que quede ese sol anclado en mi patio y en mis ojos y en mis manos, ojalá.
Que el sol permanezca en ese exacto ocaso sin la crueldad de los calendarios, ojalá.
Que se muevan los relojes, si quieren, pero que el sol se demore un rato más en tu mirada, ojalá.
Que el sol me enseñe que no soy tan pobre todavía como para dar limosnas, ojalá.
Que me dé tibieza sólo para  construir nuevos latidos también mañana, ojalá.
Que la noche embrujada no llegue aún y con sus engañosos encantos se lo lleve, ojalá.
Que sus hilitos dorados detengan la sangre antigua, tan eterna, tan presente, tan dolorosa, ojalá.
Que sus hilitos rojizos tejan una telaraña que me envuelva, me absuelva y me libere de esas muertes viejas, ojalá.
Que me devuelva la simpleza y la insolencia, que lave mis culpas, todas ellas, ojalá.
Que me enseñe a brillar de nuevo, ojalá.
Que se quede allí mientras tengo todavía ganas de mirarlo a la cara sin fruncir el ceño ni desviar la mirada, ojalá.

Pequeña oración de un ateo que leyó a Niestzsche.

sábado, 18 de mayo de 2013

CUENTO PARA NO MORIR



Un pájaro con las alas rotas se posó en la única rama verde del gran y viejo árbol que soy. Y mi corazón de árbol bombea sangre de árbol a esa sola ramita para que el pájaro viva un poco más, un alguito más y retener así a ese ser que, por herido, me da sentido.

jueves, 11 de abril de 2013

MANOS FRÍAS


Manos frías en el vapor de los azulejos empañados transitan toda la pared dejando sus huellas como si no supieran adonde ir. Manos frías y misteriosas que me rodean sin tocarme. Manos misteriosas. Manos que no son mías. Manos que me buscan. Manos que saben algo que yo no. Manos que me avisan, me advierten, me asustan. Manos frías, manos que no son mías, en los azulejos empañados.

DANIEL, MI TÍO, EL QUE NO MURIÓ


Regresaba de la casa de mamá recorriendo las intrincadas callecitas de su barrio en busca de la avenida que me regresaría a mi hogar. La panza llena y el corazón contento porque, además de haber disfrutado de una copiosa comida de madre, mi moto ahora ronroneaba suave y poderosa, lo que para mí era la mejor sobremesa del mundo.
Era en esas ocasiones de paseo relajado, cuando yo aprovechaba para mirar el entorno, a la gente, a las ventanas abiertas de las casas, cada una mostrando instantáneas de sabe dios qué escenas familiares que yo no vería nunca completas… sólo escenas acotadas por mezquinos marcos, por persianas subidas a medias o por pudorosas cortinas que limitaban mi vista a cuadros bellamente incompletos.
Gente regando sus jardines, chicos tentando a la suerte en sus bicicletas y algunos, fumando el penúltimo cigarrillo antes de la siesta.
Ráfagas de visiones que se evaporaron de golpe cuando vi y fui visto por un hombre de unos setenta y algo que estaba sentado en el borde de un cantero, con las piernas cruzadas, fumando y mirándome pasar. Nada extraordinario… salvo por el hecho de que el hombre era mi tío y mi tío había muerto hacían ya más de tres años, casi cuatro.
Me detuve como pude haciendo derrapar las lamentables cubiertas de mi moto sobre el asfalto y comencé a retroceder con esfuerzo para quedar bien enfrente del hombre que ahora me observaba con una sonrisa que yo bien conocía… sonrisa sarcástica, irónica y honesta que hacía resaltar aún más sus nicotinados dientes en esa cara mofletuda y delgada de bulldog desnutrido con la que siempre supo hacerme reír desde niño y hasta hace muy pocos años, cuando un infarto selló su final.
Pero mi tío estaba muerto, totalmente muerto.
Estuve moqueando en su velorio, toqué sus manos frías en el ataúd y hasta dejé un puñadito de tierra en su tumba.
Sin embargo me miraba y sonreía desde el cantero de un descuidado jardín de barrio.
Daniel, mi tío Daniel.
Casi cuatro años muerto y en esa siesta somnolienta y calurosa de San Luis me miraba y me sonreía como siempre lo hizo, queriéndome, explicándome sin hablar que se trataba de su última broma, que no había nada macabro, que había burlado al electrocardiograma, al desfibrilador, al electroencefalograma, al cardiólogo, al forense y al sepulturero… que había encontrado la forma de huir de su vida… sin morir.
Daniel, mi tío Daniel.
No fue necesario hablarle… ni escucharlo.
Simulando una lamentable confusión de identidad engrané el cambio de mi moto y me fui lentamente sin mirar atrás. Ahora era yo quien sonreía y recordaba que cada vez que él me sorprendía con un nuevo chiste me decía “tenés mucho que aprender, pibe”.
Desde entonces creo que hay muertes que vale la pena vivir… como la de Daniel, mi tío, el que no murió.

miércoles, 6 de marzo de 2013

SOFISMAS



SOFISMAS SOBRE LO IRRESISTIBLE Y LO INAMOVIBLE

¿Qué sucede si se oponen una fuerza irresistible con un obstáculo inamovible?¿Es una falacia?¿Es una utopía?¿Es acaso un ejercicio estéril, sofisma de la física o de la filosofía?

Dejá de preguntar boludeces y hacé algo útil, diría mi padre, si pudiera decir algo.
No entiendo qué clase de loco se haría esas preguntas, diría mi madre.
A vos nunca te gustó laburar, diría mi hermano, el del medio.
Eso es tan estúpido como hablar de la cuadratura del círculo, diría mi profe, la de matemáticas.
Filosofía barata con zapatos de goma, diría Charly.
Se te enfrían las milanesas, diría mi abuela, si pudiera decir algo.
Andá a cagar expeditivamente, diría mi amigo que gusta de las palabras exóticas.
Lo tuyo es una forma peculiar de autismo, diría mi psicólogo.
Asquerosamente escatológico, diría mi profe de lengua, que hacía abluciones con ginebra en el baño del colegio.
Cambiá los medicamentos que tomás, diría mi otro hermano, el menor.
Probablemente sea un desorden postraumático, diría mi médico.
¿Te tomaste la presión? diría mi otra abuela, si pudiera decir algo.
¿Quién, en su sano juicio, se hace esas preguntas? diría mi abogado.
Ya decía yo que no merecía la excarcelación, diría la ex jueza.
Me niego a declarar, diría mi amigo el preso.
De eso se murió Aristóteles, viene a ser como un agrandamiento del hígado, diría el forense.
No entiendo la pregunta, diría mi hijo el menor.
Estoy apurada, diría mi hija la mayor.
Yo soy ingeniero… no pelotudo, diría mi hijo el ingeniero, el del medio.
¿Lo qué? diría mi hijo, el mayor.
Prestame unos pesos para el cine, diría mi nieta, la mayor.
Fijate en google, diría mi nieto, el menor.
¿No será epilepsia? diría mi amiga la del club.
Aflojale al faso, diría mi amigo el Coki.
Pagame el saldito que quedó… todo lo demás se dibuja, diría mi contador.
¿Tenés mutual? me diría mi vecino, el de enfrente.
Inamovible ¿va con v corta? preguntaría un colega escritor.
Lo tuyo es la novela, dedicate a eso, agregaría mi colega el escritor enamorado de las b altas y siempre desengañado por ellas.
Tenés un poco alto el colesterol, diría la bioquímica… o infección urinaria. Una de dos, o las dos concomitantes, añadiría, un poco confundida.
¿Sofisma?... ¿No será un aneurisma? diría mi neurólogo… porque sofisma no sé qué enfermedad es. Seguro viene de la aorta porque en la yugular no puede ser… ahí se produce el kirchnerismo, que es otra cosa que sufrimos todos… acotaría el neurólogo que perdió la batalla por la extinción de su última neurona.
¿Falacia? ¿No se llamaba así la hermana del Guille? diría mi ex compañero de la primaria.
Ojo que el seguro no te cubre eso, leé la letra chica, me diría el asegurador.
Yo sufrí de eso cuando era chico y me masturbaba mucho, diría un desorientado que pasaba por ahí.
Habría que buscar la etimología, diría el etimólogo.
Antisemitas que se olvidan del holocausto, diría Julito.
Trastorno obsesivo compulsivo o esquizofrenia de la peor, diría Pellegrini…
pero no requiere internación, se apresuraría a aclarar el vice-doc.
¡Ashlam vení acá! gritaría mi amorcita sin ver que el perrito estaba bostezando justo bajo sus pies.
¿Utopía? Creo que es un antibiótico de amplio espectro que ya no sale más, diría mi farmacéutica…basado en la tetraciclina creo que era, pero tenía demasiadas contraindicaciones. Ahora las curitas son de plástico, agregaría la boticaria, mientras endulzaba su café con escopolamina.
¿Lo qué? diría mi hijo el mayor si le preguntara de nuevo.
Inamovible es la AFIP, diría un estanciero mientras escondía toneladas de soja en un silo subterráneo.
Irresistible es la mina que va al gym conmigo los miércoles, diría mi amigo el metrosexual mientras se miraba extasiado en el espejo del baño.
Metáfora brillante aunque aburguesada del neomarxismo posmoderno que reniega del materialismo dialéctico, diría el sociólogo, un poco entrado en copas.
Las cuentas no cierran por culpa de los recursos humanos, diría un neoliberal menemista.
Hay que sacarla de raíz, diría el viejito jardinero.
¿Falacia? No me dieron tiempo porque si no, la hubiera desaparecido a esa zurdita, diría Videla.
Si estuviéramos en el uno a uno, seríamos felices comprando televisores en vez de hacer preguntas boludas, diría El Turco.
Es emblemático eso del sofisma, diría el Alberto.
A lo largo y a lo ancho de mi pueblo… y si no hay pueblo, lo vamos a construir, agregaría el Adolfo.
Es la impronta del peronismo en el conciudadano, completaría Claudio.
¿Sofisma? Se consume mezclada con peyote o ayahuasca, creo… diría Perlongher, si pudiera decir algo.
Es usted mismo un sofisma que camina diría García Márquez, si pudiera decir algo.
Minuciosamente imbécil, diría Cortázar, si pudiera decir algo.
Mírese en un espejo, diría Borges, si pudiera decir algo.

Será que nunca entendieron que hago preguntas sin requerir ni desear respuestas. Tener las respuestas tal vez sería el fin de todo para mí. Alguien debió decirme que hay más sabiduría en el que pregunta que en el que responde… aunque he notado que mientras más pregunto soy más sabio y, junto a ello, estoy cada vez más solo.

jueves, 21 de febrero de 2013

IMBÉCILES


Imbécil: Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Imbécil no se limita a ningún campo especial de pensamiento o acción, sino que satura y regula el todo. Siempre tiene la última palabra; su decisión es inapelable.
                                                                                                      Adaptado del Diccionario del Diablo (Ambroce Bierce, 1892).


IMBÉCILES


El que da o cumple órdenes…por encima o por debajo del obediente.
El que siente pasar un balazo zumbando cerca de su cara y se queda allí, esperando que siguiente tiro le explique la procedencia del primero, explicación que seguramente ya no podrá comprender.
Los que tienen un ganglio inflamado y le llaman cerebro.
Los que creen que el cerebro segrega una asquerosa sustancia llamada mente.
Los que creen que la mente es como un tumor y tratan denodadamente de extirparla, en especial, de los ganglios de sus congéneres.
Los que creen que la música sale de un instrumento y la danza de un cuerpo.
Los que no escucharon el Silencio de Beethoven.
El que se mira en un espejo y se encuentra.
El que mirando un cadáver dice –pobre… pasó a mejor vida.
El que aborrece asqueado de un gólem mientras obedece, embelesado y servil, a un tótem.
Los que dicen que hay que ver el vaso medio lleno.
El que cree que sólo un clavo puede sacar a otro.
El que, sin leer a Cortázar, cree que puede subir una escalera… o darle cuerda a un reloj.
El que, sólo porque tiene pies, cree que es caminante.
El que nunca conoció a un Cronopio ni habló con una Fama.
El que no sabe que las venas de esta América siguen abiertas.
El que no entiende que Othar, el caballo de Atila, no sabía trotar.
El que no sabe que ya son muchos más que Cien años de soledad.
El que cree que a Borges no le gustaban los espejos y que por eso nunca fue feliz.
El que no sabe que afuera, justo en la puerta de su casa, hay una guerra a la que está invitado.
El que no ve la belleza en una muñequita vudú cosida con pelo de una cabra negra.
Los que tampoco saben que Violeta Parra murió sin encontrar esos ojos claros y escondidos… que la multitud le negó.
Los que creen saber por qué Alfonsina eligió el mar, cuando pudo besar la selva través del reloj y la mirada de oro de Horacio Quiroga.
El que no sabe que en Buenos Aires alguna vez, en diez mil balcones, hasta los geranios lloraron.
El que no vio pasar a un ángel en bicicleta con alas en las ruedas y un corazón roto en los pedales.
Los que no ven todo lo que descuidó el Presidente… y que a los chicos les entra por la nariz.
Los que no escucharon la Canción de las cantinas ni vieron asomar la luna entre esas montañas y valles que se me antojan azules… y que, en mi peculiar cordura, son los senos de mi amada que beso y acaricio con impunidad.
Los que no saben que en el patio del amor, entre petirrojos, teros y torcazas, anida también un cuervo que encontró abrigo y alimento… sin tener que revolver en la inmundicia perfumada de amores largamente muertos.
Los que no saben que lloré por vos cuando la luna, distraída, estaba llorando por mí.
Los que no saben que por las noches el dolor duele más.
Los que no saben que pueden separarse de su sombra… y dejarla ir.
Los que no saben que la carne sufre y se va… pero deja en su lugar lirios y crisantemos, cardos y madreselvas que huelo y beso en ese templo del amor y el sudor… que es tu boca y tu cama.
Los que creen que una flor puede morir sin dejar su misterioso perfume de jazmines en papeles amarilleados por el tiempo, en los que escribirás con mi única pluma los sinsentidos de un alma en la que nunca creímos y que, sin embargo, será perpetua.
Y los que no saben de la muerte enancada en el caballo de la Delfina… o de la rosa roja que floreció en la frente del caudillo enamorado que murió por mí. Y por vos.
Los que no se miraron en el espejo barroso de nuestro río, más infinito que el mar inglés con su nublado eterno y que nos devolvió la imagen piadosa de la niña Manuelita…
Sin mentiras, pero con la poesía de Borges o las ironías de Cortázar. Cosas que charlábamos… inconscientes de que los crepúsculos se habían convertido ya en amaneceres llenos de  pájaros que nos llevaron con sus gorjeos y decires, una y otra vez a nuestro templo del sudor.
Y así, el mundo late, vive, se infecta, se enferma, sana y se inflama atiborrado de los otros que creen que saben… los imbéciles.
Pero ese mundo, junto al sol y a nuestras lunas, yace anclado en tu patio, en tus palabras sabias y en tus silencios y, claro, en mi pluma borracha y empecinada.
Aún así, los otros, los imbéciles, creen que saben.


jueves, 24 de mayo de 2012

TIERRA EN LA CARA

Dos puñados de tierra en la cara.
Sólo éso le regalé a mi amigo
en esta tibia tarde de mayo.
Antes de hoy
nada le entregué…
más que dos puñados de olvido.
Y antes de hoy
nada me dio él…
más que dos puñados de olvido.
No recibiré ya
de su mano
la tierra mutua
cuando me toque yacer.
Sin embargo
esta tarde lloré.
Por él y por mí.
Por la amistad que fue
y por la que no fue…
Esta tarde lloré.

jueves, 19 de enero de 2012

EL CARPO

ESTA NOCHE TOCAN PARA LA MEMORIA VIVA DEL CARPO.
LOS JÓVENES MÚSICOS TRANSPIRAN FRÍO.
LES TIEMBLAN LAS PIERNAS.
SE LES ACELERA EL PULSO.
EL GUITARRISTA CREE QUE NO PODRÁ.
EL BATERO SE PREGUNTA QUÉ HACE AHÍ.
EL CANTANTE SIENTE QUE SU GARGANTA NO EMITIRÁ SONIDO.
EL BAJO SE QUIERE TIRAR DEL ESCENARIO.

Y ES QUE ESTÁN POR TOCAR PARA EL CARPO, EN SU MEMORIA.
PERO PAPPO, DESDE DONDE QUIERA QUE ESTÉ,
SE RÍE CON SU RUIDOSA CARCAJADA Y LES DICE:

-¡Toquen, maricones, toquen y canten, carajo!

Y LA BANDA ARRANCA CON TODO…
NO IMPORTA SI EL BATERO CHINGA UN REDOBLE…
NO IMPORTA QUE AL GUITARRISTA SE LE TRABEN LOS DEDOS…
NO IMPORTA QUE EL BAJISTA ESTÉ CAGADO…
NI QUE EL CANTANTE DESAFINE UN POCO…
EL CARPO IGUAL ESTARÍA FELIZ… ENTRE EL RUIDO DE LOS MOTORES, EL OLOR A FIERROS CALIENTES, EL HUMO DE GOMAS QUEMADAS.
ENTRE RISOTADAS, TRAGOS Y NOSTALGIAS, JURARÍA QUE POR UN MOMENTO SENTÍ SOBRE MI HOMBRO LA PESADA MANO DE PAPPO Y SU RASPOSA VOZ QUE DIJO EN MI OÍDO:

¡Así me gustan las cosas, che. Así debe ser el rock and roll, carajo!

viernes, 15 de julio de 2011

NO HAY PEOR CIEGO QUE UN SORDO

 Lazarillo de un perro ciego; eso soy.




Me siento como un basilisco sin ojos, nacido de un huevo deforme puesto por un gallo y empollado por un sapo. Y aún sin ojos, puedo ver lo que se me permite ver. Soy un basilisco fracasado y cansado que huele a viejo y a sucio.
Mi misión en este mundo es ser un lazarillo. Cumplo un mandato tan equívoco como absurdo que me restringe a una única tarea posible: guiar a quienes se equivocan en la vida para que escojan el camino más recto hacia la ruina humana total. Guiarlos para que no titubeen, que no se desvíen, para que vayan derechito al abismo. Esa es mi misión.
He pasado años y años guiando a perros ciegos y sordos, algunos rengos y ciegos y sordos. Siempre perros.
Me he preguntado cómo sería, cómo se sentiría ser guiado, en vez de guía. Pero supongo que, a pesar de mi destino, prefiero mantener por un tiempo más el don de mi acotada vista y ser el lazarillo.
Porque así, cada vez que llevo a alguien al abismo, vuelvo sobre mis pasos a buscar a otro perro que necesite mis servicios y sobrevivo un día más, soy útil un día más. Llego al borde, digo unas palabrillas de consuelo y luego lo empujo tiernamente a su final. Y cada vez que lo hago quedo en el borde mismo, titubeo, estoy tentado… pero no.
Cuando llegue mi día y sea yo el ciego, vendrá otro pobre lazarillo que me reemplazará, me conducirá hasta el filo y, antes de empujarme suavemente, me dirá al oído que es mi hora. Y como estaré sordo y ciego, nunca sabré si sus palabras serán piadosas o inclementes. Supongo que será una caída breve… los lazarillos estamos siempre muy cerca de las miserias del miserable que guiamos. Y seré libre, finalmente, del mandato y el mandamiento.
Pero mientras tanto… sigo guiando perros que no ven, que no escuchan. Soy un basilisco fracasado y cansado que huele a viejo y a sucio.

domingo, 15 de mayo de 2011

DUMP

DUMP
(No me di cuenta y lo tiré) 



Hombre: Animal tan sumergido en la contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser…*

                                                                 * Adaptado del Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce, 1891.

  



Una vez me puse a sacar cuentas. Cuentas de cuántos cigarrillos había fumado en mi vida y de cuánta plata había gastado en humo. Y del dinero que gasté en putas y alcohol; de la fortuna tirada en alquileres, taxis, colectivos, gomerías, nafta, electricidad, cuentas de gas y teléfono. También contabilicé lo gastado en impuestos, en bares, golosinas, heladerías y cines. Ni hablar del número astronómico que obtuve de sumar lo gastado en objetos, autos y muebles inútiles, regalos, zapatos y ropa de marca.

Cuando agregué lo pagado en seguros, intereses bancarios, mutuales, gremios, médicos y farmacias, ahí paré.
Era un completo disparate. Eran cifras casi incomprensibles que me convertirían en millonario instantáneamente, si tuviera todo ese dinero bajo el colchón de la abuela. Pero no lo tenía; lo había producido y gastado a lo largo de toda una vida. No tenía el dinero ni el colchón ni a mi abuela.
Ahora, como antes, me encontraba peleando por unos pesos para subsistir y seguir, como un imbécil, gastando la mayor parte de mis ingresos en cosas que nunca fueron vitales. Felicidad de plástico –diría mi abuela, la dueña del colchón. Dinero tirado a la basura. Muchísimo dinero. Tanto, que el asunto ocupó mi cabeza por un tiempo. Lo comenté y sacamos muchas cuentas con mis amigotes del bar que, al principio, desconfiaban de mis cálculos. Pero invariablemente mordieron el anzuelo y todos ellos llegaron a los mismos resultados, pesos más, pesos menos. Lo descomunal del despilfarro nos producía un sabor profundamente amargo en la boca y especulábamos con todo lo que podríamos malgastar hoy, si no lo hubiéramos malgastado ayer.
Durante varios días ése fue el tema de nuestras conversaciones y nuestras bromas. Algunos hasta fantasearon con dejar de fumar o recortar de distintos y disparatados modos la interminable cadena de gastos superfluos.
El variopinto grupo del bar no se juntaba necesariamente completo, pero había algunos de ellos que nunca faltaban. Casi todos sucumbieron a la tentación de hacer por escrito los mismos cálculos que había hecho yo anotando detalles, fechas y cifras escritas en una variedad de sustratos como servilletas, etiquetas de cigarrillos y hasta en cajas de ravioles. Excepto el Mudo. Él era un poeta que nunca escribió un poema. Sólo en ocasiones y después mucho insistirle, solía decir alguno, en voz tan baja, que nos obligaba a aguzar el oído para no perdernos palabra.
-Nunca los escribo porque la poesía debe perfumar el aire en vez de manchar papeles –me dijo un día.
Estaba un poco loco.
El Mudo no hizo anotaciones ni comentarios, no porque fuera de verdad mudo, sino porque era un tipo muy parco e introvertido. Hablaba sólo lo indispensable para que el resto de nosotros recordáramos que estaba allí. El Mudo era muy breve y preciso en sus intervenciones, tanto, que los demás debíamos rendirnos frecuentemente a su extraña e implacable lógica.
Varios días de intercambios de cifras, apuntes y teorías después, el Mudo habló. Nos habló a todos y a nadie en particular.
-¿Realmente se preocupan por esos números?
-Claro que sí –respondió velozmente quien estaba a su derecha.
-¿A vos no te calienta haber tirado tanta plata al basurero a lo largo de tu vida? –argumentó otro.
-No –dijo el Mudo.
-¿No la gastarías de modo más inteligente si pudieras volver atrás? –le pregunté.
-No se puede volver atrás.
-¿Pero, si se pudiera? –insistí.
-Si se pudiera volver atrás, lo único que ahorraría, sería mi tiempo. Jamás desperdiciaría mi efímera vida en discusiones como ésta. Yo estuve sacando mis propias cuentas, pero no cuentas numéricas. Mis cuentas son siempre humanas. Las sumas y las restas me resultan en amores y desamores. Nunca me dio como resultado un número.
Por la angustiada expresión en su rostro, todos suponíamos que el Mudo estaba pasando un mal momento, un duro y prolongado mal momento en su vida. Pero nadie le preguntó nada. Preferíamos hablar boludeces antes que cargar con problemas ajenos… faltaba más.
Mientras se levantaba para irse, dejó un billete de veinte sobre la mesa del bar.
-Ahí tienen un número –dijo –yo me voy a buscar mi siguiente ecuación humana en la que todos sus factores son una incógnita y el resultado es siempre una desilusión. Una danza algebraica entre la mierda y dios, eso es la vida, según mis cálculos…
El Mudo salió, cerrando tras de sí, suavemente, la puerta de vidrio empañada.
En ella podía verse un corazón dibujado con el dedo por algún adolecente enamorado, que todavía podía reírse de la aritmética.

sábado, 7 de mayo de 2011

EL DUEÑO DE LAS UTOPÍAS

EL DUEÑO DE LAS UTOPÍAS
(Breve y confundido ensayo sobre los sueños) 



De muy pocas cosas puedo sentirme dueño. O mejor dicho, ser el dueño.
Somos tan estúpidos los humanos que ni tan siquiera somos dueños de nuestros sueños. Ellos nos asaltan, nos estrangulan, se nos imponen. Vienen solapados y nocturnos, nos vapulean, nos moldean, nos hacen ásperos o pulidos, psicóticos o santos, víctimas o victimarios.
No podemos elegir con qué o con quién soñamos. Porque los sueños nos eligen, nos imponen un destino. Y yo escapo de ese destino (déjenme que lo crea) no sólo porque sueño despierto sino que, además, lo escribo.
Bípedos engreídos. Orangutanes con un par de genes atravesados. Monos apaleados por la conciencia. Eso somos.
Creemos y queremos poseer las cosas materiales, aquellas de las que nos sentimos verdaderos propietarios. Aquéllas de las que hasta tenemos algún papelucho que nos dice sensualmente al oído “te pertenezco”…
…hasta que la muerte nos separe, cosa que inexorablemente sucederá.
Hoy hago uso de ese gen prestado que me separa de los simios y pienso que sólo somos dueños de nuestras utopías (no sé por qué pluralizo… tal vez es el otro gen, el del inconsciente colectivo) y eso, a condición de que las utopías queden escritas, que trasciendan. En forma de canción o de pintura, de poema o partitura, de ensayo o cuento, de oración o súplica, de leyenda y hasta de mentiras. Nuestras utopías, si están escritas, nos pertenecerán más allá de la muerte y el olvido.
Por eso elegí escribir, en lugar de acumular.
Elegí la utopía por sobre todas las cosas, inclusive, por sobre la vida misma.
Porque siempre sentí que me rondaba la muerte y que posaría su mano en mi hombro. Nadie, por mí, agregará una vela más a mi viejo candelabro.
Apuro mi pluma, entonces. Sólo para escribir mis utopías, decir mis decires. Apuro mi pluma. Y, aunque me siento ya señalado, lo hago para ver si puedo escribir un poquito más, algunas oraciones sueltas, algún menjunje de sílabas, alguna esdrújula desorientada.
¿Qué cosa es la utopía sino un sueño que sueño porque quiero? ¿No soy acaso el dueño de los sueños elegidos?
Apuro mi pluma, entonces, para que sepan los que quedan y los que vendrán, que hubo alguien que pudo elegir con qué soñar, que lo escribió, que lo deseó y lo tuvo. Y nada, ni la puta muerte, podrá despojarme de eso.
Mis utopías no se apolillarán junto a mis huesos. Soy su dueño. No serán útiles a nadie más. Sólo me sirvieron a mí, no las heredé, no las obtuve trabajando, no las robé, no las compré, no las vendí, no las copié, nadie las heredará, nadie las manchará o retorcerá… las dejo escritas, son mías. 

sábado, 30 de abril de 2011

UNA VOZ CALLADA

 Una voz callada
(Pretensión de poesía enferma de dislexia y llena de rimas malogradas) 


Una voz siempre acallada por tiranos escondidos
puja, insolente, en mi garganta incendiada
y como un ejército de niños perdidos
se precipitan hacia la nada
en busca de tu mirada, que ya se ha ido.

Voces que he parido
aunque no he querido
ni he pedido.

Voces que por mi lengua atenazada
dejaron mi alma preñada
de palabras bienhabladas…
y de las endiabladas.

Voces que, por tenerte tan cuidada
y al fin, tan amada
nunca fueron derramadas.

Hoy tuve vergüenza
de decirte mis decires…

Me parecieron inútiles y destemplados
como balbuceos de un profeta borracho
que desorienta sus sonidos
y  tambalea, confundido,
temeroso ante tus oídos
y a la luz de tus ojos claros.

Palabras que parecían importantes
resultaron exangües, débiles
atravesadas por tus puñales de sol.

Puñales que, arteros,
deshacen en jirones
mis palabras mejor pensadas
que, pobres e idiotas,
morirán en mí
por siempre atragantadas.