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viernes, 18 de octubre de 2013

Señalame el camino

Señalame el camino, búho, en mi marcha oscura.
Señalame el camino, cuervo, en mi marcha silenciosa.
Señalame el camino, serpiente sabia, en mi marcha siseante.
Señalame el camino, luna cantina, para caminar por donde los pasos duelan menos.
Señalame el camino, lucero empecinado, y guíñame un ojo.
Señalame el camino, teru-teru, con tu engañoso grito.
Señalame el camino, amada, en mi retorno a la vida.
Señalame el camino, amigo, para evitar las trampas de la noche.
Señalame el camino, hermano, para no equivocar mi abrazo.
Señalame el camino, lluvia, para no equivocar mis lágrimas.
Señalame el camino, golondrina, para no volver al invierno.
Señalame el camino, zorzal, para no equivocar mi canto.
Señalame el camino, maestro, para no equivocar mis consonantes.
Señalame el camino, maestra, para no equivocar mis álgebras de amor.
Señalame el camino, Pedro, para volverte a ver cuando sea mi hora.
Señalame el camino, Juan, para olvidar la sangre y recordar las bagualas del monte.
Señalame el camino, hijo, para ser tu luz y quedarme.
Señalame el camino, papá y me recostaré, por fin, en tu amparo.
Señalame el camino, abuela, y enseñame la paz.
Señalame el camino, mamá, y así reconocer por fin, tus manos.
Señalame el camino, rabino sabio, para aprender a perdonar.
Señalame el camino, cura bueno, y enseñame a rezar.
Señalame el camino, jazmín, para saber que, por fin, llegué a sus brazos.

domingo, 2 de junio de 2013

Law šá lláh

Law šá lláh (del árabe "que dios lo permita")

Ojalá que no termine este día, que no termine, ojalá.
Que se quede el sol en ese poniente exacto un rato más, ojalá.
Que esta tibieza suya quede anclada en mi patio un rato más, ojalá.
Que se quede el sol un rato más y desmienta a Zarathustra, ojalá.
Que se quede ese sol y me enseñe, me demuestre, que dios no murió, ojalá.
Que el superhombre muera con dios, si dios ha de morir y que quede ese sol anclado en mi patio y en mis ojos y en mis manos, ojalá.
Que el sol permanezca en ese exacto ocaso sin la crueldad de los calendarios, ojalá.
Que se muevan los relojes, si quieren, pero que el sol se demore un rato más en tu mirada, ojalá.
Que el sol me enseñe que no soy tan pobre todavía como para dar limosnas, ojalá.
Que me dé tibieza sólo para  construir nuevos latidos también mañana, ojalá.
Que la noche embrujada no llegue aún y con sus engañosos encantos se lo lleve, ojalá.
Que sus hilitos dorados detengan la sangre antigua, tan eterna, tan presente, tan dolorosa, ojalá.
Que sus hilitos rojizos tejan una telaraña que me envuelva, me absuelva y me libere de esas muertes viejas, ojalá.
Que me devuelva la simpleza y la insolencia, que lave mis culpas, todas ellas, ojalá.
Que me enseñe a brillar de nuevo, ojalá.
Que se quede allí mientras tengo todavía ganas de mirarlo a la cara sin fruncir el ceño ni desviar la mirada, ojalá.

Pequeña oración de un ateo que leyó a Niestzsche.

sábado, 18 de mayo de 2013

CUENTO PARA NO MORIR



Un pájaro con las alas rotas se posó en la única rama verde del gran y viejo árbol que soy. Y mi corazón de árbol bombea sangre de árbol a esa sola ramita para que el pájaro viva un poco más, un alguito más y retener así a ese ser que, por herido, me da sentido.

jueves, 21 de febrero de 2013

IMBÉCILES


Imbécil: Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Imbécil no se limita a ningún campo especial de pensamiento o acción, sino que satura y regula el todo. Siempre tiene la última palabra; su decisión es inapelable.
                                                                                                      Adaptado del Diccionario del Diablo (Ambroce Bierce, 1892).


IMBÉCILES


El que da o cumple órdenes…por encima o por debajo del obediente.
El que siente pasar un balazo zumbando cerca de su cara y se queda allí, esperando que siguiente tiro le explique la procedencia del primero, explicación que seguramente ya no podrá comprender.
Los que tienen un ganglio inflamado y le llaman cerebro.
Los que creen que el cerebro segrega una asquerosa sustancia llamada mente.
Los que creen que la mente es como un tumor y tratan denodadamente de extirparla, en especial, de los ganglios de sus congéneres.
Los que creen que la música sale de un instrumento y la danza de un cuerpo.
Los que no escucharon el Silencio de Beethoven.
El que se mira en un espejo y se encuentra.
El que mirando un cadáver dice –pobre… pasó a mejor vida.
El que aborrece asqueado de un gólem mientras obedece, embelesado y servil, a un tótem.
Los que dicen que hay que ver el vaso medio lleno.
El que cree que sólo un clavo puede sacar a otro.
El que, sin leer a Cortázar, cree que puede subir una escalera… o darle cuerda a un reloj.
El que, sólo porque tiene pies, cree que es caminante.
El que nunca conoció a un Cronopio ni habló con una Fama.
El que no sabe que las venas de esta América siguen abiertas.
El que no entiende que Othar, el caballo de Atila, no sabía trotar.
El que no sabe que ya son muchos más que Cien años de soledad.
El que cree que a Borges no le gustaban los espejos y que por eso nunca fue feliz.
El que no sabe que afuera, justo en la puerta de su casa, hay una guerra a la que está invitado.
El que no ve la belleza en una muñequita vudú cosida con pelo de una cabra negra.
Los que tampoco saben que Violeta Parra murió sin encontrar esos ojos claros y escondidos… que la multitud le negó.
Los que creen saber por qué Alfonsina eligió el mar, cuando pudo besar la selva través del reloj y la mirada de oro de Horacio Quiroga.
El que no sabe que en Buenos Aires alguna vez, en diez mil balcones, hasta los geranios lloraron.
El que no vio pasar a un ángel en bicicleta con alas en las ruedas y un corazón roto en los pedales.
Los que no ven todo lo que descuidó el Presidente… y que a los chicos les entra por la nariz.
Los que no escucharon la Canción de las cantinas ni vieron asomar la luna entre esas montañas y valles que se me antojan azules… y que, en mi peculiar cordura, son los senos de mi amada que beso y acaricio con impunidad.
Los que no saben que en el patio del amor, entre petirrojos, teros y torcazas, anida también un cuervo que encontró abrigo y alimento… sin tener que revolver en la inmundicia perfumada de amores largamente muertos.
Los que no saben que lloré por vos cuando la luna, distraída, estaba llorando por mí.
Los que no saben que por las noches el dolor duele más.
Los que no saben que pueden separarse de su sombra… y dejarla ir.
Los que no saben que la carne sufre y se va… pero deja en su lugar lirios y crisantemos, cardos y madreselvas que huelo y beso en ese templo del amor y el sudor… que es tu boca y tu cama.
Los que creen que una flor puede morir sin dejar su misterioso perfume de jazmines en papeles amarilleados por el tiempo, en los que escribirás con mi única pluma los sinsentidos de un alma en la que nunca creímos y que, sin embargo, será perpetua.
Y los que no saben de la muerte enancada en el caballo de la Delfina… o de la rosa roja que floreció en la frente del caudillo enamorado que murió por mí. Y por vos.
Los que no se miraron en el espejo barroso de nuestro río, más infinito que el mar inglés con su nublado eterno y que nos devolvió la imagen piadosa de la niña Manuelita…
Sin mentiras, pero con la poesía de Borges o las ironías de Cortázar. Cosas que charlábamos… inconscientes de que los crepúsculos se habían convertido ya en amaneceres llenos de  pájaros que nos llevaron con sus gorjeos y decires, una y otra vez a nuestro templo del sudor.
Y así, el mundo late, vive, se infecta, se enferma, sana y se inflama atiborrado de los otros que creen que saben… los imbéciles.
Pero ese mundo, junto al sol y a nuestras lunas, yace anclado en tu patio, en tus palabras sabias y en tus silencios y, claro, en mi pluma borracha y empecinada.
Aún así, los otros, los imbéciles, creen que saben.