jueves, 21 de febrero de 2013

IMBÉCILES


Imbécil: Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Imbécil no se limita a ningún campo especial de pensamiento o acción, sino que satura y regula el todo. Siempre tiene la última palabra; su decisión es inapelable.
                                                                                                      Adaptado del Diccionario del Diablo (Ambroce Bierce, 1892).


IMBÉCILES


El que da o cumple órdenes…por encima o por debajo del obediente.
El que siente pasar un balazo zumbando cerca de su cara y se queda allí, esperando que siguiente tiro le explique la procedencia del primero, explicación que seguramente ya no podrá comprender.
Los que tienen un ganglio inflamado y le llaman cerebro.
Los que creen que el cerebro segrega una asquerosa sustancia llamada mente.
Los que creen que la mente es como un tumor y tratan denodadamente de extirparla, en especial, de los ganglios de sus congéneres.
Los que creen que la música sale de un instrumento y la danza de un cuerpo.
Los que no escucharon el Silencio de Beethoven.
El que se mira en un espejo y se encuentra.
El que mirando un cadáver dice –pobre… pasó a mejor vida.
El que aborrece asqueado de un gólem mientras obedece, embelesado y servil, a un tótem.
Los que dicen que hay que ver el vaso medio lleno.
El que cree que sólo un clavo puede sacar a otro.
El que, sin leer a Cortázar, cree que puede subir una escalera… o darle cuerda a un reloj.
El que, sólo porque tiene pies, cree que es caminante.
El que nunca conoció a un Cronopio ni habló con una Fama.
El que no sabe que las venas de esta América siguen abiertas.
El que no entiende que Othar, el caballo de Atila, no sabía trotar.
El que no sabe que ya son muchos más que Cien años de soledad.
El que cree que a Borges no le gustaban los espejos y que por eso nunca fue feliz.
El que no sabe que afuera, justo en la puerta de su casa, hay una guerra a la que está invitado.
El que no ve la belleza en una muñequita vudú cosida con pelo de una cabra negra.
Los que tampoco saben que Violeta Parra murió sin encontrar esos ojos claros y escondidos… que la multitud le negó.
Los que creen saber por qué Alfonsina eligió el mar, cuando pudo besar la selva través del reloj y la mirada de oro de Horacio Quiroga.
El que no sabe que en Buenos Aires alguna vez, en diez mil balcones, hasta los geranios lloraron.
El que no vio pasar a un ángel en bicicleta con alas en las ruedas y un corazón roto en los pedales.
Los que no ven todo lo que descuidó el Presidente… y que a los chicos les entra por la nariz.
Los que no escucharon la Canción de las cantinas ni vieron asomar la luna entre esas montañas y valles que se me antojan azules… y que, en mi peculiar cordura, son los senos de mi amada que beso y acaricio con impunidad.
Los que no saben que en el patio del amor, entre petirrojos, teros y torcazas, anida también un cuervo que encontró abrigo y alimento… sin tener que revolver en la inmundicia perfumada de amores largamente muertos.
Los que no saben que lloré por vos cuando la luna, distraída, estaba llorando por mí.
Los que no saben que por las noches el dolor duele más.
Los que no saben que pueden separarse de su sombra… y dejarla ir.
Los que no saben que la carne sufre y se va… pero deja en su lugar lirios y crisantemos, cardos y madreselvas que huelo y beso en ese templo del amor y el sudor… que es tu boca y tu cama.
Los que creen que una flor puede morir sin dejar su misterioso perfume de jazmines en papeles amarilleados por el tiempo, en los que escribirás con mi única pluma los sinsentidos de un alma en la que nunca creímos y que, sin embargo, será perpetua.
Y los que no saben de la muerte enancada en el caballo de la Delfina… o de la rosa roja que floreció en la frente del caudillo enamorado que murió por mí. Y por vos.
Los que no se miraron en el espejo barroso de nuestro río, más infinito que el mar inglés con su nublado eterno y que nos devolvió la imagen piadosa de la niña Manuelita…
Sin mentiras, pero con la poesía de Borges o las ironías de Cortázar. Cosas que charlábamos… inconscientes de que los crepúsculos se habían convertido ya en amaneceres llenos de  pájaros que nos llevaron con sus gorjeos y decires, una y otra vez a nuestro templo del sudor.
Y así, el mundo late, vive, se infecta, se enferma, sana y se inflama atiborrado de los otros que creen que saben… los imbéciles.
Pero ese mundo, junto al sol y a nuestras lunas, yace anclado en tu patio, en tus palabras sabias y en tus silencios y, claro, en mi pluma borracha y empecinada.
Aún así, los otros, los imbéciles, creen que saben.


jueves, 24 de mayo de 2012

TIERRA EN LA CARA

Dos puñados de tierra en la cara.
Sólo éso le regalé a mi amigo
en esta tibia tarde de mayo.
Antes de hoy
nada le entregué…
más que dos puñados de olvido.
Y antes de hoy
nada me dio él…
más que dos puñados de olvido.
No recibiré ya
de su mano
la tierra mutua
cuando me toque yacer.
Sin embargo
esta tarde lloré.
Por él y por mí.
Por la amistad que fue
y por la que no fue…
Esta tarde lloré.

jueves, 19 de enero de 2012

EL CARPO

ESTA NOCHE TOCAN PARA LA MEMORIA VIVA DEL CARPO.
LOS JÓVENES MÚSICOS TRANSPIRAN FRÍO.
LES TIEMBLAN LAS PIERNAS.
SE LES ACELERA EL PULSO.
EL GUITARRISTA CREE QUE NO PODRÁ.
EL BATERO SE PREGUNTA QUÉ HACE AHÍ.
EL CANTANTE SIENTE QUE SU GARGANTA NO EMITIRÁ SONIDO.
EL BAJO SE QUIERE TIRAR DEL ESCENARIO.

Y ES QUE ESTÁN POR TOCAR PARA EL CARPO, EN SU MEMORIA.
PERO PAPPO, DESDE DONDE QUIERA QUE ESTÉ,
SE RÍE CON SU RUIDOSA CARCAJADA Y LES DICE:

-¡Toquen, maricones, toquen y canten, carajo!

Y LA BANDA ARRANCA CON TODO…
NO IMPORTA SI EL BATERO CHINGA UN REDOBLE…
NO IMPORTA QUE AL GUITARRISTA SE LE TRABEN LOS DEDOS…
NO IMPORTA QUE EL BAJISTA ESTÉ CAGADO…
NI QUE EL CANTANTE DESAFINE UN POCO…
EL CARPO IGUAL ESTARÍA FELIZ… ENTRE EL RUIDO DE LOS MOTORES, EL OLOR A FIERROS CALIENTES, EL HUMO DE GOMAS QUEMADAS.
ENTRE RISOTADAS, TRAGOS Y NOSTALGIAS, JURARÍA QUE POR UN MOMENTO SENTÍ SOBRE MI HOMBRO LA PESADA MANO DE PAPPO Y SU RASPOSA VOZ QUE DIJO EN MI OÍDO:

¡Así me gustan las cosas, che. Así debe ser el rock and roll, carajo!

viernes, 15 de julio de 2011

NO HAY PEOR CIEGO QUE UN SORDO

 Lazarillo de un perro ciego; eso soy.




Me siento como un basilisco sin ojos, nacido de un huevo deforme puesto por un gallo y empollado por un sapo. Y aún sin ojos, puedo ver lo que se me permite ver. Soy un basilisco fracasado y cansado que huele a viejo y a sucio.
Mi misión en este mundo es ser un lazarillo. Cumplo un mandato tan equívoco como absurdo que me restringe a una única tarea posible: guiar a quienes se equivocan en la vida para que escojan el camino más recto hacia la ruina humana total. Guiarlos para que no titubeen, que no se desvíen, para que vayan derechito al abismo. Esa es mi misión.
He pasado años y años guiando a perros ciegos y sordos, algunos rengos y ciegos y sordos. Siempre perros.
Me he preguntado cómo sería, cómo se sentiría ser guiado, en vez de guía. Pero supongo que, a pesar de mi destino, prefiero mantener por un tiempo más el don de mi acotada vista y ser el lazarillo.
Porque así, cada vez que llevo a alguien al abismo, vuelvo sobre mis pasos a buscar a otro perro que necesite mis servicios y sobrevivo un día más, soy útil un día más. Llego al borde, digo unas palabrillas de consuelo y luego lo empujo tiernamente a su final. Y cada vez que lo hago quedo en el borde mismo, titubeo, estoy tentado… pero no.
Cuando llegue mi día y sea yo el ciego, vendrá otro pobre lazarillo que me reemplazará, me conducirá hasta el filo y, antes de empujarme suavemente, me dirá al oído que es mi hora. Y como estaré sordo y ciego, nunca sabré si sus palabras serán piadosas o inclementes. Supongo que será una caída breve… los lazarillos estamos siempre muy cerca de las miserias del miserable que guiamos. Y seré libre, finalmente, del mandato y el mandamiento.
Pero mientras tanto… sigo guiando perros que no ven, que no escuchan. Soy un basilisco fracasado y cansado que huele a viejo y a sucio.

domingo, 15 de mayo de 2011

DUMP

DUMP
(No me di cuenta y lo tiré) 



Hombre: Animal tan sumergido en la contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser…*

                                                                 * Adaptado del Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce, 1891.

  



Una vez me puse a sacar cuentas. Cuentas de cuántos cigarrillos había fumado en mi vida y de cuánta plata había gastado en humo. Y del dinero que gasté en putas y alcohol; de la fortuna tirada en alquileres, taxis, colectivos, gomerías, nafta, electricidad, cuentas de gas y teléfono. También contabilicé lo gastado en impuestos, en bares, golosinas, heladerías y cines. Ni hablar del número astronómico que obtuve de sumar lo gastado en objetos, autos y muebles inútiles, regalos, zapatos y ropa de marca.

Cuando agregué lo pagado en seguros, intereses bancarios, mutuales, gremios, médicos y farmacias, ahí paré.
Era un completo disparate. Eran cifras casi incomprensibles que me convertirían en millonario instantáneamente, si tuviera todo ese dinero bajo el colchón de la abuela. Pero no lo tenía; lo había producido y gastado a lo largo de toda una vida. No tenía el dinero ni el colchón ni a mi abuela.
Ahora, como antes, me encontraba peleando por unos pesos para subsistir y seguir, como un imbécil, gastando la mayor parte de mis ingresos en cosas que nunca fueron vitales. Felicidad de plástico –diría mi abuela, la dueña del colchón. Dinero tirado a la basura. Muchísimo dinero. Tanto, que el asunto ocupó mi cabeza por un tiempo. Lo comenté y sacamos muchas cuentas con mis amigotes del bar que, al principio, desconfiaban de mis cálculos. Pero invariablemente mordieron el anzuelo y todos ellos llegaron a los mismos resultados, pesos más, pesos menos. Lo descomunal del despilfarro nos producía un sabor profundamente amargo en la boca y especulábamos con todo lo que podríamos malgastar hoy, si no lo hubiéramos malgastado ayer.
Durante varios días ése fue el tema de nuestras conversaciones y nuestras bromas. Algunos hasta fantasearon con dejar de fumar o recortar de distintos y disparatados modos la interminable cadena de gastos superfluos.
El variopinto grupo del bar no se juntaba necesariamente completo, pero había algunos de ellos que nunca faltaban. Casi todos sucumbieron a la tentación de hacer por escrito los mismos cálculos que había hecho yo anotando detalles, fechas y cifras escritas en una variedad de sustratos como servilletas, etiquetas de cigarrillos y hasta en cajas de ravioles. Excepto el Mudo. Él era un poeta que nunca escribió un poema. Sólo en ocasiones y después mucho insistirle, solía decir alguno, en voz tan baja, que nos obligaba a aguzar el oído para no perdernos palabra.
-Nunca los escribo porque la poesía debe perfumar el aire en vez de manchar papeles –me dijo un día.
Estaba un poco loco.
El Mudo no hizo anotaciones ni comentarios, no porque fuera de verdad mudo, sino porque era un tipo muy parco e introvertido. Hablaba sólo lo indispensable para que el resto de nosotros recordáramos que estaba allí. El Mudo era muy breve y preciso en sus intervenciones, tanto, que los demás debíamos rendirnos frecuentemente a su extraña e implacable lógica.
Varios días de intercambios de cifras, apuntes y teorías después, el Mudo habló. Nos habló a todos y a nadie en particular.
-¿Realmente se preocupan por esos números?
-Claro que sí –respondió velozmente quien estaba a su derecha.
-¿A vos no te calienta haber tirado tanta plata al basurero a lo largo de tu vida? –argumentó otro.
-No –dijo el Mudo.
-¿No la gastarías de modo más inteligente si pudieras volver atrás? –le pregunté.
-No se puede volver atrás.
-¿Pero, si se pudiera? –insistí.
-Si se pudiera volver atrás, lo único que ahorraría, sería mi tiempo. Jamás desperdiciaría mi efímera vida en discusiones como ésta. Yo estuve sacando mis propias cuentas, pero no cuentas numéricas. Mis cuentas son siempre humanas. Las sumas y las restas me resultan en amores y desamores. Nunca me dio como resultado un número.
Por la angustiada expresión en su rostro, todos suponíamos que el Mudo estaba pasando un mal momento, un duro y prolongado mal momento en su vida. Pero nadie le preguntó nada. Preferíamos hablar boludeces antes que cargar con problemas ajenos… faltaba más.
Mientras se levantaba para irse, dejó un billete de veinte sobre la mesa del bar.
-Ahí tienen un número –dijo –yo me voy a buscar mi siguiente ecuación humana en la que todos sus factores son una incógnita y el resultado es siempre una desilusión. Una danza algebraica entre la mierda y dios, eso es la vida, según mis cálculos…
El Mudo salió, cerrando tras de sí, suavemente, la puerta de vidrio empañada.
En ella podía verse un corazón dibujado con el dedo por algún adolecente enamorado, que todavía podía reírse de la aritmética.

sábado, 7 de mayo de 2011

EL DUEÑO DE LAS UTOPÍAS

EL DUEÑO DE LAS UTOPÍAS
(Breve y confundido ensayo sobre los sueños) 



De muy pocas cosas puedo sentirme dueño. O mejor dicho, ser el dueño.
Somos tan estúpidos los humanos que ni tan siquiera somos dueños de nuestros sueños. Ellos nos asaltan, nos estrangulan, se nos imponen. Vienen solapados y nocturnos, nos vapulean, nos moldean, nos hacen ásperos o pulidos, psicóticos o santos, víctimas o victimarios.
No podemos elegir con qué o con quién soñamos. Porque los sueños nos eligen, nos imponen un destino. Y yo escapo de ese destino (déjenme que lo crea) no sólo porque sueño despierto sino que, además, lo escribo.
Bípedos engreídos. Orangutanes con un par de genes atravesados. Monos apaleados por la conciencia. Eso somos.
Creemos y queremos poseer las cosas materiales, aquellas de las que nos sentimos verdaderos propietarios. Aquéllas de las que hasta tenemos algún papelucho que nos dice sensualmente al oído “te pertenezco”…
…hasta que la muerte nos separe, cosa que inexorablemente sucederá.
Hoy hago uso de ese gen prestado que me separa de los simios y pienso que sólo somos dueños de nuestras utopías (no sé por qué pluralizo… tal vez es el otro gen, el del inconsciente colectivo) y eso, a condición de que las utopías queden escritas, que trasciendan. En forma de canción o de pintura, de poema o partitura, de ensayo o cuento, de oración o súplica, de leyenda y hasta de mentiras. Nuestras utopías, si están escritas, nos pertenecerán más allá de la muerte y el olvido.
Por eso elegí escribir, en lugar de acumular.
Elegí la utopía por sobre todas las cosas, inclusive, por sobre la vida misma.
Porque siempre sentí que me rondaba la muerte y que posaría su mano en mi hombro. Nadie, por mí, agregará una vela más a mi viejo candelabro.
Apuro mi pluma, entonces. Sólo para escribir mis utopías, decir mis decires. Apuro mi pluma. Y, aunque me siento ya señalado, lo hago para ver si puedo escribir un poquito más, algunas oraciones sueltas, algún menjunje de sílabas, alguna esdrújula desorientada.
¿Qué cosa es la utopía sino un sueño que sueño porque quiero? ¿No soy acaso el dueño de los sueños elegidos?
Apuro mi pluma, entonces, para que sepan los que quedan y los que vendrán, que hubo alguien que pudo elegir con qué soñar, que lo escribió, que lo deseó y lo tuvo. Y nada, ni la puta muerte, podrá despojarme de eso.
Mis utopías no se apolillarán junto a mis huesos. Soy su dueño. No serán útiles a nadie más. Sólo me sirvieron a mí, no las heredé, no las obtuve trabajando, no las robé, no las compré, no las vendí, no las copié, nadie las heredará, nadie las manchará o retorcerá… las dejo escritas, son mías. 

sábado, 30 de abril de 2011

UNA VOZ CALLADA

 Una voz callada
(Pretensión de poesía enferma de dislexia y llena de rimas malogradas) 


Una voz siempre acallada por tiranos escondidos
puja, insolente, en mi garganta incendiada
y como un ejército de niños perdidos
se precipitan hacia la nada
en busca de tu mirada, que ya se ha ido.

Voces que he parido
aunque no he querido
ni he pedido.

Voces que por mi lengua atenazada
dejaron mi alma preñada
de palabras bienhabladas…
y de las endiabladas.

Voces que, por tenerte tan cuidada
y al fin, tan amada
nunca fueron derramadas.

Hoy tuve vergüenza
de decirte mis decires…

Me parecieron inútiles y destemplados
como balbuceos de un profeta borracho
que desorienta sus sonidos
y  tambalea, confundido,
temeroso ante tus oídos
y a la luz de tus ojos claros.

Palabras que parecían importantes
resultaron exangües, débiles
atravesadas por tus puñales de sol.

Puñales que, arteros,
deshacen en jirones
mis palabras mejor pensadas
que, pobres e idiotas,
morirán en mí
por siempre atragantadas.

lunes, 11 de abril de 2011

EL AMASIJO


   
EL AMASIJO
(Ensayo grosero sobre volar bajo o quedarnos en casa)






Motocicleta: Bello conjunto de metales, válvulas y algo de cromo que, más o menos bien ensamblados, adquiere género femenino, seduce al varón, enoja a su esposa, ofende a su suegra y que, por todas esas cualidades, nos hace inmensamente felices.

  




                ¿Quién, entre los motociclistas, no escuchó alguna vez: “no me digás que preferís estar con ese amasijo de fierros en lugar de estar conmigo y con tus hijos”?
Es curioso, pero así es. Una moto sólo nos demanda algo de combustible y lubricante, no nos reclama fidelidad, se deja montar cuando lo deseamos y, lo que es más importante, no habla. Porque los sonidos que hace son ronroneos, música para nuestros oídos.
En cambio, cuando nuestras chicas nos ven con un lubricante en la mano, lo primero que dicen es: “¡te dije que por ahí no!”.
Es todo un fenómeno digno de ser estudiado por los sociólogos. En ocasiones, hemos dejado la piel y los huesos en el asfalto de alguna curva difícil, pero jamás le achacaremos la culpa a la moto. No señor. La culpa es del boludo que diseñó esa curva maldita y, lo más común, la culpa seguramente será del fasito que nos convidaron o de la novena cerveza que nos tomamos un rato antes de mandarnos a la ruta. Jamás culparemos a nuestra máquina. Eso, nunca. No es de hombres. Pero, de todo lo que sale mal en casa, tenemos a quién culpar…
Además, le somos leales a muerte. ¿Quién no ha sentido la sensación de ser un traidor cuando la ponemos en venta? En cambio, cuando se nos va una pareja, sólo sentimos alivio y esperamos que la siguiente nos deje usar el lubricante de vez en cuando. Así somos. Y no tenemos que sentirnos mal por eso. Las que se comparan con un montón de fierros son ellas, las mujeres; ellas se proponen competir con nuestras motos y, generalmente, pierden. Claro, nuestras mujeres respiran, están vivas, son casi como seres humanos… ¿cómo se les ocurre estar celosas de una pila de chatarra inerte? Pero lo hacen, lo hacen siempre, no falla nunca.
Y si tu mujer todavía no saca las uñas, esperá un cachito y vas a ver.
El día en que tu chica te permita hacerlo por donde “no se debe”, tendrá otras cosas de qué preocuparse y ya no te celará con tu moto. Comprenderá la importancia del lubricante para que todo funcione bien –si le gustó- o entenderá cabalmente la enorme importancia de dejarte salir en tu máquina –si no le gustó-.
De cualquier modo habrá que montarlas con regularidad y firmeza por el culo… o les termina gustando o nos dejan en paz.
Para decirlo con vulgaridad, lo que debemos contestarles invariablemente cuando nos recriminan algo sobre el motociclismo sería: “tenés razón, amor, prepará la vaselina y me quedo en casa”. Veremos, entonces, que rápidamente cambian de opinión y sólo nos dicen “andá tranquilo amor y cuidate en las curvas”.
También está la posibilidad lejana de que, cuando nos vean acomodando la moto, aparezcan solitas con el frasquito de vaselina. Nosotros, en cualquiera de los dos casos, la pasaremos igual de bien.
Es al pedo… los motociclistas seremos siempre un amasijo de carne y fierros y, como decía mi abuela después del cuarto vaso de ginebra, no hemos nacido para sufrir…

UNA SOLA PLUMA

Una sola pluma
(Sólo quiero volar)
  

Pluma: Implemento de tortura producido por un ave, generalmente usado por un asno.

*Adaptado del Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce, 1891.

  

Entre las virtudes que se le atribuyen a las plumas, la más común y notoria, sin dudas, es que son tan livianas que hacen posible el vuelo de las aves, convirtiéndolas en el símbolo de la libertad.
A las aves, digo, no a las plumas.
Estoy preso. Una ventana enrejada con el vidrio roto es mi único contacto con la luz del sol. Paso mis horas mirando ese agujero mugroso que bien se parece al hueco que hay en mi alma, filoso, sucio, inútil. Aunque -debería agradecerlo- me permite, a veces, respirar un ligero aliento fresco que a duras penas alivia lo rancio y hediondo de las miserias humanas.
Esta mañana –creo que son las diez o algo así- una pluma empecinada en volar sin la paloma que le da sentido se cuela en mi celda, justo por ese agujero obsceno, directo a mi regazo. Una pequeña pluma.
Paloma de mierda que se ríe de mi estúpida condición humana. El pájaro parece decirme que espere tranquilo unas cuantas miles de casualidades como ésta; que construya mis alas y que, tal vez, algún día, pueda volar. Pájaro hijo de mil putas.
Aunque, probablemente, me está diciendo que debo escribir algo, que no sea tan necio, que las plumas son, también, el símbolo de las palabras.
Las plumas, digo, no las aves.
      Tomo un pedacito arrugado de papel, lo estiro y aliso. Con la arruinada birome que uso para escupir mi rabia en las paredes, logro escribir una frasecita que es infantil y que es cierta: “te amo”.
Y ahora, con el papelito abollado en mi mano sucia y apretada, me quedo esperando que muchos pájaros de mierda dejen caer sus plumas, miles de plumas, que vuelen con la trayectoria exacta, y que una brisa exacta, mil veces exactamente repetida, las introduzca por el agujero exacto, justo en mi celda, justo en mi regazo.
Ojalá, algún día glorioso abra mi mano, y vos, mi amor, leas el papelito. Tal vez así, por fin, pueda volar y parecerme, sólo un poco, a esos pájaros de mierda.          

martes, 2 de noviembre de 2010

Mis diálogos con Cerbero

Mis diálogos con Cerbero
Cerbero: El perro guardián del Hades, que custodia su entrada, no se sabe contra quién, puesto que todo el mundo, tarde o temprano, debe franquearla, y nadie desea forzarla. Es sabido que Cerbero tiene tres cabezas, pero algunos poetas le atribuyeron hasta un centenar. Algunos escritores, cuyo erudito y profundo conocimiento del griego da a sus opiniones un peso enorme, han promediado todas esas cifras, llegando a la conclusión de que Cerbero tuvo veintisiete cabezas; juicio que sería decisivo si los poetas hubieran sabido: a) algo de perros y b) algo de aritmética.
* Adaptado del Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce, 1891.


           He vivido toda mi infancia y buena parte de mi juventud, leyendo la bella mitología griega de un modo casi obsesivo. En mi madurez –aunque alejado de esa literatura- he comenzado a pensar seriamente en la posibilidad de que, tal vez, la mitología no fuese tal cosa; ¿y si algo de todo eso fuese cierto? ¿y si sólo algunos personajes de la mitología existieron de verdad? ¿y si existieran aún hoy? A los escritores nos pasan esas cosas, porque en el fondo, siempre deseamos que nuestras fantasías se hagan realidad; yo tuve mi escarmiento.
Más bien fue casual. Mi fantasía era hablar con Caronte, que es el barquero que nos cruzará el río para ir al inframundo, o el mismo Hades, que es la deidad que da nombre al propio inframundo; pero eso, según la mitología, implicaba morir, previamente al pedido de audiencia. Y como estaba haciendo un serio esfuerzo para vivir sin creer en tantas tonterías y dedicándome a una literatura hiperrealista desistí, finalmente, de hablar con divinidades griegas. Casi había olvidado tal delirio cuando se lo comenté –a modo de anécdota- a Francisco, un buen amigo mío a quien visito semanalmente en el psiquiátrico local, sólo por entablar alguna conversación.
      -¿El loco soy yo y vos me decís que querías hablar con personajes míticos? Bueno, por si se te vuelve a cruzar la idea, te voy a contar algo que he guardado como un secreto que sólo conoce mi psicólogo: difícilmente puedas hablar con los dioses en sí, pero hay un cierto hechizo, muy sencillo, que puede hacer que aparezca Cerbero -sabrás quién es- sin que debas fumarte nada extraño ni vender tu alma al diablo.
-Pará, Francisco, ¿encima le vamos a sumar magia o brujería a mis delirios?
-Es creer o reventar, che. A mí todavía me da un poco de espanto pronunciarlo porque fue la causa de todos mis males; soy loco pero no boludo. Mejor te lo doy escrito. Pero, por favor, leelo en voz alta cuando estés solo en tu casa. Y te aclaro que no le tengo miedo a Cerbero sino a la palabra que hay que hay que pronunciar para producir el hechizo. Fue justamente esa palabra maldita, lo que me causó el brote psicótico que me trajo a este lugar, con chaleco de fuerza y una dosis masiva de Trapac.
Mi amigo escribió algo en el reverso de una etiqueta de Marlboro -fuma cinco paquetes diarios sin preocuparse, porque dice que el cáncer es puramente psicológico- decía, que escribió con letra muy abigarrada y temblorosa, una sola palabra y, antes de que yo pudiera leerla, dobló prolijamente el papelito y me lo dio en una actitud casi clandestina.
-No lo leás ahora, te lo ruego. Hacelo en la más completa soledad, lejos de cualquier espejo y persona. Yo sé lo que te digo, no quiero que termines como yo; prefiero que sigas viniendo como visita y no como paciente.
No sabía si su preocupación era por mi salud mental, o porque, si me internaban junto a él, no tendría quién le llevara cigarrillos. Le hice un gesto tranquilizador, como que entendía perfectamente su actitud, pero rechazó enérgicamente mi condescendencia.
-Ya vas a ver -me dijo –y cuidado, acordate que también es importante evitar los espejos y las personas, en tu caso las mujeres.
-¡Y dale con eso! ¿No te dieron la pastilla hoy?
-Haceme caso; a mí me pasó justamente eso. Pronuncié el hechizo frente a un espejo y con mi mujer al lado. Te aseguro que fue horroroso; el espejo por su naturaleza y las mujeres por la cópula, ambos tienden a multiplicar y esparcir; además, los espejos te dicen la verdad y las mujeres mienten, es como un cortocircuito, ¿me entendés? ¿Qué podría pasar si a esos horrores le sumás un ser del inframundo? Yo lo averigüé de la peor manera: me quedé sin espejo, sin mujer y estoy loco de remate. Vos, por las dudas, dame bola y alejate de ellos -me dijo mientras se espantaba de la oreja unos inmensos reptiles que le susurraban obscenidades.
       Mi amigo Francisco tenía justificada fobia a los espejos: siempre había sido físicamente muy feo y gordo; era francamente desagradable, por donde uno lo mirara. También le tenía fobia a las mujeres porque era rechazado pertinazmente, no sólo por su fealdad sino, también, por su notoria tendencia a no bañarse. Pero Francisco era buen tipo y era mi amigo; yo, prudentemente, nunca le había preguntado el por qué de su internación en un loquero. Tal vez estaba loco, realmente, o había leído demasiado a Borges.
       Me despedí de él bajo promesa de llevarle más cigarrillos para la próxima, coloqué el papelito doblado prolijamente en el fondo de mi exigua billetera y lo olvidé.
     No fue hasta dos meses después que, hurgando en los misterios de mi cartera para pagar la cuenta mis múltiples medicamentos -para dormir, para despertar, ansiolíticos, antipsicóticos, antipánicos, antidepresivos y antiepilépticos- decía, que encontré el ajado papelito que me diera mi amigo, junto a un billete roto de dos pesos. Era todo lo que había. El farmacéutico, acostumbrado a mis carencias financieras y sabiendo que al final siempre le pagaba, me dijo que estaba bien.
-Acordate de no mezclar las píldoras rojas con las blancas ni las celestes con Fernet –me alcanzó a gritar cuando me iba. Yo casi no lo escuché. Me había extraviado en una de mis habituales ausencias mentales, mientras caminaba con la vista fija en el papelito rojo, que parecía invitarme a desplegarlo.
Recordé que debía volver a visitar a mi amigo ese fin de semana y que debía comentarle, de paso, los resultados del hechizo. Resistí la seducción del papelito hasta llegar a casa. Una vez en mi sillón preferido y luego de cerciorarme que estaba bien lejos de cualquier espejo, desplegué la etiqueta con mucho cuidado y leí la única palabra que había escrito mi amigo con tanto temor. Parecía un término de la magia vudú o de algún antiguo lenguaje africano. Tal vez era brujería haitiana. Casi inconscientemente la pronuncié:
-Culay -dije.
Al principio no noté nada extraño. Me sentía como un completo idiota que debería estar internado a la par de Francisco. Pero cuando me disponía a tomarme un café, ¡caramba! La cocina no estaba. Tampoco había paredes ni puertas ni piso ni muebles.
Pero lo que sí pude ver, fue un perro; no, dos perros, en realidad tres. ¡Que lo parió! Y para colmo, tenían unos hocicos que metían miedo. En realidad, era un solo cuerpo con tres cabezas. Era Cerbero, completo y monstruoso.
La verdad, es que al principio creí que las pastillas que me vendieron en la farmacia eran truchas y que me habían disuelto el cerebro, pero no, el rugido que salió de los tres hocicos fue atronador y sus ojos, los seis, me miraban fulgurantes y flamígeros. Él parecía furioso y yo buscaba, en vano, una puerta para escapar.
-¿Vos me invocaste? -preguntó.
-Eso creo –le respondí, todavía temeroso.
No entendía qué relación tenía la palabra Culay con esa visión horrorosa del averno. Hablaba la cabeza del medio, que carecía de orejas, la cabeza de la izquierda sí las tenía, en tanto que la de la derecha las tenía caídas, como las de un dálmata y parecía muy concentrada en sí misma. Yo, que me considero un intuitivo del lenguaje corporal, creí entender: la del medio era la que hablaba, la izquierda escuchaba y la derecha parecía ser la que pensaba; aunque las tres tenían la actitud de querer morder lo que estuviera a su alcance.
       El engendro continuó hablando con una voz impresionante que hacía vibrar el aire.
-Culay se me escapó, y ahora es una cuestión de orgullo, nadie más horripilante que yo debe andar suelto, nadie. Encima de ser psiquiatra, el tipo escribe –continuó Cerbero. -Mirá si no, lo que le hizo a tu mejor amigo. Nadie escapa de mí. Lo estoy buscando desde su primer libro, pero es escurridizo, el tipo.
-Pero mi amigo…
-Tu amigo no lo confiesa, pero leyó un libro de Culay.
Bueno; ahora yo sabía que la palabra, el hechizo, era el nombre de una persona de carne y hueso, que escribía y que andaba suelto. Debía ser terrible el psiquiatra, para que la bestia del Hades se tomara tantas molestias. Pero recordé a mi pobre amigo internado por su culpa:
-Mire, don Cerbero, para lo que mande, estoy a su disposición. Ese tipo, realmente, le cagó la vida a Francisco…
      El tricéfalo hizo algo así como un gruñido desdeñoso. ¿En qué podría ayudarlo un gusano terrestre como yo?
        Aunque probablemente estuviera alucinando, con las pruebas a la vista me tragué mi escepticismo y aproveché para hacerle algunas preguntas sobre la naturaleza del inframundo y otras cosas que me inquietaban. Al fin y al cabo lo había invocado para eso.
        -¿Infra qué? -me ladró. -Yo soy un perro, idiota. ¡Cómo podría saber nada sobre el infra qué!
     -Inframundo –le repetí en un tono bastante más enojado. -Tenés tres cabezas y miles de años de historia, ¿cómo podés no saber? Hablamos del lugar adonde van las almas, hablamos del Infierno, del Paraíso, del Purgatorio y esas cosas...
       Me miró con sus tres cabezas y las tres se miraron entre ellas. No podían creer que les estuviera preguntando tales boludeces. Ni falta hizo que me lo dijera. Yo tampoco podía creerlo pero, en todo caso, estaba hablando con un monstruoso alienígena en el evaporado living de mi casa... decidí intentarlo de nuevo.
    -Decime, Cerbero, ¿es verdad lo del río Aqueronte y lo del barquero Caronte?
     -¿Lo qué? -me dijo. -Vos te has tomado algo jodido o sos realmente un completo idiota. No puedo entender que creás en cualquier tontera que se escribe; si es por eso, leete vos también, un librito de Culay. No, querido, yo estoy cuidando el Hades desde el principio de los tiempos y me ocupo de lo mío. Me ocupo de que todo aquél que entra, nunca salga. Estoy custodiando la entrada y lo que pase adentro me importa un pito, así funciona todo allá… y acá también.
        -Pero…
-Los muertos están muertos –me interrumpió. -Aunque algunos caminan y se hacen pasar por vivos como Culay, por ejemplo. Nunca se me había escapado nadie. Para mí es cuestión de principios. Todos entran, nadie sale. Es así.
      Yo no estaba tan convencido de que Cerbero fuera sólo mi creación mental o alucinada de un perro deforme. Me parecía que estaba realmente allí y que estaba haciéndose el sota. Para mí, era un general haciéndose pasar por soldado. Probé de nuevo, cambiando ligeramente el tema.
        -¿Y quiénes llegan a vos, Cerbero?
-Todas las almas llegan y todas pasan. Pero no son muchas.
-¿Hombres y mujeres por igual?
-Las almas no tienen sexo, no tienen género.
-¿Y nadie sale de allí?
-Es un viaje de ida -me dijo. -Sólo de ida, para todos.
        Se le estaba soltando la lengua; tal vez deseaba, en realidad, hablar con alguien. Debía ser muy aburrido estar eternamente en completa soledad. Me pareció interesante aprovechar bien a fondo su buena disposición a soltarse.
       -Entonces, ¿cuál es el criterio para que los humanos entren o no?
     -No lo sé, no tengo idea, yo no los elijo. Todos los que llegan a mí, entran. El resto, supongo, estarán muertos para siempre. Son aquéllos que carecen de alma, son la mayoría. Son los que abonarán la tierra. Yo no sé si las almas que pasan por mi portal son buenas o malas porque esa distinción sólo la hacen los humanos. En realidad, lo que ustedes llaman malos, para el Hades son simplemente desalmados. Son los sin-alma. Ellos nunca llegan a mi puerta. Mientras viven, infectan la tierra como pústulas malolientes y cuando mueren, es para siempre.
      Aunque parecía una creación de la imaginación, Cerbero no era sólo un perro mítico. Sabía más de lo que reconocía; se estaba haciendo el difícil pero en realidad -me pareció- estaba ansioso por permanecer un rato más en mi mundo; decidí avanzar un poco más y le pregunté qué entendía por alma. Respondió rápidamente:
     -Es trascender por tus ideas, y permanecer por tu obra. Cualquier obra tuya, si condice con tu pensamiento, si es coherente con lo que predicás, si no es hipócrita, en definitiva, construye una memoria en el resto de tus congéneres. Esa memoria trasciende lo corporal porque se instala, indeleble, en quienes fueron afectados por esas ideas y esas conductas. Y no hablo de conductas “correctas” sino de conductas coherentes. Esa memoria es inmortal, esa memoria, instalada por vos en quienes afectás, es tu alma.
-Pero los buenos y los malos…
-Yo hablé de almas en general. Ni buenos ni malos, eso lo clasificarán adentro, supongo.
      Cerbero me estaba confirmando con sus respuestas que no era sólo un guardián en busca de un prófugo. Era mucho más que eso. Seguí preguntándole cosas interesantes…
       -Y decime... ¿existe Dios? ¿o Zeus? o sea... ¿existe un jefe? Quiero decir… un ente o persona que ordena las cosas, un creador, el que te creó a vos y a mí... ¿existe?
         La cabeza del medio se ladeó y me miró como miran los perros cuando un humano les habla. Ya no parecía tan monstruoso, hasta parecía tierno, compasivo, condescendiente.
      -Sólo ustedes, los humanos, necesitan jefes. Y cuando no los hay, los inventan. Primero inventaron a Dios y, para poder entender lo que inventaron, tuvieron que aparecer los filósofos y los psicólogos que, en su mayoría, son ateos. ¡Cómo no van a tener problemas existenciales! En cambio, yo sólo estoy. Hago lo que tengo que hacer y seguiré estando mientras los humanos crean que existo.
-Pero yo te estoy viendo y hasta podría tocarte…
-Si querés arriesgar una mano… ¿viste mis colmillos? No seas boludo. No te hace falta poner a prueba tu fe. Nunca tuviste ninguna fe.
-Sucede que no puedo dejar escapar la oportunidad de hacerte preguntas…
      -La verdad es que estoy cansado; cansado de un cansancio eterno. Por suerte, de vez en cuando, alguien me invoca y salgo de la rutina pero así y todo... Es difícil entender que sólo un par de genes hacen tanta diferencia en ustedes y los monos. Es más, creo que prefiero a los monos.
      Ahora se lo veía viejo y ajado como un pergamino. En sus caras había abatimiento, ira, aburrimiento, burla, fastidio, cansancio; y todos esos estados de ánimo pasaban por él como en cámara lenta, a la espera de otra de mis preguntas.
     -¿Y nunca te fijaste en qué hay más allá de tu puerta? ¿No tenés curiosidad?
        -No. La curiosidad también es humana. Yo sólo estoy. Ni tan siquiera soy. Me parece que no entendés muy bien el concepto; es justo al revés de lo que comúnmente creen los humanos. Dios está pero no es. Está porque es una necesidad humana,pero no es, porque no tiene entidad. Igual que yo. Igual que todo lo que ustedes llaman sobrenatural. Todo lo que ustedes quieren que exista, está, y para muestra... mirame bien ¿te parece que realmente existo? Es al pedo explicarte tantas cosas… realmente, prefiero a los monos.
        -Entonces, lo de hechizo, lo de mi amigo y lo de Culay...
        -Es una broma de mal gusto.
-¿Lo de tu existencia?
-No, tarado, que exista Culay. No le vendría mal un buen susto a ese tipo.
Yo estaba de acuerdo en eso, ahora que recordaba haber leído un par de cosas escritas por ese psicoliterato, amante de los psicodólares, generador de psicosistemas infalibles de psicoautoayuda, fabricante y vendedor de psicolibros cuyo producido contribuirá generosamente a su psicoretiro en las Bahamas, psicocagándose de risa de todos los pobres tipos que compraron su vasta y psicoremunerativa producción.
Tuve que detener en seco mi dispersión intelectual porque, claramente, era fruto de una malsana envidia por los éxitos comerciales de un escritor que no era yo. Además, tenía en mi casa a Cerbero…
-Y decime... ¿cómo se puede vivir sin un Dios? ¿sin utopías? ¿sin creer que después de esta vida hay otra mejor?
      -¿Vos creés en Dios? –me preguntó escupiendo sus palabras.
      -No. Es decir, no sé. Yo soy agnóstico, ignorante respecto de esas cosas. Por eso te pregunto. Si fuera ateo, no dudaría.
       -Ya te lo dije, prefiero a los monos…
       -Mirá, Cerbero… yo vivo el día a día. Asumo que, después de la muerte, no hay nada. Ni premios ni castigos. Nada. Trato de ser feliz acá, en la Tierra.
       -Sin embargo estás hablando con un perro de tres cabezas que viene del Hades, ¿te das cuenta no? de la incoherencia, digo. Los que creen son esencialmente hipócritas, pero los que no creen, también.
-Pero…
-Escuchame y cerrá esa bocota. Lo único que necesitan los humanos para ser felices ya lo tienen: es la vida misma. Pero no; se complican y se enredan en una dialéctica estéril. La vida se les va, esperando milagros y resurrección, como quien espera pacientemente a un utópico colectivo -los que creen- y amargados, desolados, desesperanzados, los que no creen.
-Pero…
-Callate y escuchá. Ni los unos ni los otros son capaces de encontrar códigos comunes y éticos para convivir; se matan en guerras santas y no tan santas, se engañan, se traicionan y se vuelven a matar. Algunos prosperan y se enriquecen, siempre sobre el hambre de millones. Son indiferentes al sufrimiento ajeno y, desde el principio de las cosas, se comportan de la manera más autodestructiva posible. Entonces, no es tan absurdo que los humanos fabriquen dioses, diablos, santos, paraísos e infiernos... o que aparezcan tipos como Culay. Luego esperan que un Dios, hecho a medida y conveniencia, les dé respuestas mágicas. En mi caso, soy sólo la respuesta mágica a tu propia estupidez.
       Cerbero era una bestia, al fin y al cabo, pero lo escuché sin ofenderme. No era una agresión gratuita; de algún modo, estaba sacudiendo los cimientos que sostenían mi frágil andamiaje psicológico, merecidamente, porque fui yo quien lo trajo a este mundo buscando respuestas; pero igual me di el gusto de agredirlo un poquito, como para que no se quedara él con la última palabra. Eso, nunca.
-Eso nos pasa a los humanos, entre otras cosas, porque vos dejás que se te escape gente como Culay… Como ves, no toda la culpa es nuestra –lo provoqué para tantear qué sería capaz de hacer.
       Pero, como si adivinaran mis pensamientos, la cabeza izquierda esbozó una sonrisa condescendiente, la del medio bostezó y la derecha dejó caer una preciosa lágrima azul. El guardián de Hades se estaba yendo. Me dejaba con la palabra en la boca, el muy cabrón.
Cerbero, lejos de mis reflexiones -o a causa de ellas- se estaba desmaterializando suavemente, a la vez que las paredes de mi sala reaparecían borrosas, deslucidas y perpetuamente sucias. En un instante, su tenue silueta terminó de evaporarse en un efímero estallido de nada.
      Mi casa, era otra vez mi casa. El General Perón me miraba, irónico, desde el retrato que colgaba del clavo oxidado de siempre. ¿Una lágrima azul? Hasta hoy me pregunto si pude haber tenido una alucinación tan vívida y absurda. Por las dudas, le he pedido a mi farmacéutico un cambio de medicamentos.
      A los pocos que me visitan, les digo que la manchita azul en el piso fue un desliz de mi bolígrafo.
Culay, cada vez vende más libros; y en cuanto a mi amigo Francisco… últimamente lo visito muy poco y no le llevo más cigarrillos porque se le ha puesto que, a la larga, el fumar produce cáncer.
Aunque le dieron el alta y sigue sin bañarse, prefirió seguir viviendo en el psiquiátrico; afirma que las begonias y malvones que cuida con tanto esmero, como ninfas aladas, a la noche le recitan poemas de Mario Benedetti. También afirma, burlón, que los hechizos son para asustar a los niños.