miércoles, 7 de enero de 2015
domingo, 2 de febrero de 2014
CARTA ABIERTA
A LOS GOLPISTAS DE SIEMPRE Y A LOS NUEVOS Y VIEJOS ENGENDROS
ECONOMISTAS
QUE TIENEN SOLUCIONES MÁGICAS… HASTA QUE LES TOCA GOBERNAR
Aclaración previa:
utilizo aquí lenguaje vulgar y grosero. Seguir con la lectura de esta carta es
de exclusiva responsabilidad de quien lo quiera hacer.
Cogotudos del
campo… cogotudos del orto.
Nos explicaron
que por la falta de trigo se cuadruplicaría el precio del pan… pero nunca faltó
el pan. Por consiguiente nunca faltó el trigo porque, de no haberlo, tampoco
habría pan. Nos mintieron. Estaban (y de hecho están) sentados sobre los silos
acopiadores para manipular el precio del trigo y otros tantos granos vitales
para la alimentación de los argentinos.
Que se sembró
menos, que no convenía, que la soja rinde mucho más, que las retenciones, que
los valores de exportación, que la sequía, que el exceso de lluvias, que las
heladas, que el granizo, que los agroquímicos, que el dólar, que la Cristina es
una yegua. Que se vaya la Cristina.
Nos explicaron
que no había ganado y que por eso el precio de la carne se multiplicó por diez.
Sin embargo, no falta la carne en las carnicerías. Nos mintieron. Que faenan
vaquillonas viejas y hasta vacas lecheras porque no hay ganado, que el dólar,
que la cuota Hilton… Bastaría recorrer los campos repletos de feedlots (no sé
si está bien escrito porque el inglés no es lo mío) llenos de ganado de
primera, de novillos, de los que supuestamente no hay. Nos mintieron. La
Cristina es una yegua. Para que aparezca la carne…que se vaya la Cristina. No
necesitamos yeguas, necesitamos novillos.
Nos explicaron
que en los tambos no hay vacas lecheras porque las faenan para compensar la
falta de los novillos que no faltan. Que ordeñar no conviene y que por eso el
precio de la leche se multiplicó por ocho. Por la altísima sofisticación de los
lactobacilus (y otros tantos bichos mejoradores del producto y del precio) y lo
caro y complicado que es meterlos en la leche. Que el precio de la alfalfa y de
los alimentos fina y sabiamente balanceados para que las vacas (que no hay)
produzcan más y mejor leche. Leche ocho veces más cara. La culpa es de la yegua
porque las yeguas no dan leche apta para consumo. Que se vaya la Cristina.
Y así, día a día,
nos explican de ingeniosas y convincentes maneras, que la solución de este país
es que se vaya la yegua. Que se vaya a lavar los platos con restos de la comida
(que no hay) por culpa de la misma yegua. Que las yeguas sirven sólo para
montarlas y producir potrillos como ellos, briosos, de raza pura, intelectuales
equinos de la economía. Son los golpistas cogotudos del orto, los de siempre,
un poco más sofisticados y con modernas tecnologías de comunicación, pero a no
confundirnos… son los mismos, los que voltearon a Alfonsín y a Illía, son los
mismos. Cogotudos del orto.
Cogotudos de la industria… cogotudos del orto.
Que les falta el
apoyo financiero del gobierno, que por eso no invierten en más y mejores
industrias. Les falta, por ejemplo, el apoyo que en su momento les dio Martínez
de Hoz, que nos endeudó a todos para que ellos, en vez de mejorar sus
industrias, se timbearan la plata nuestra en Suiza… total, nosotros, los
negritos de mierda, algún día terminaríamos pagando sus deudas. Y así fue
merced a Domingo Cavallo y asociados. Los negritos de mierda siempre terminamos
pagando las deudas ajenas. Para eso estamos. Porque la yegua les cerró las
importaciones de miles de productos que deberían fabricarse acá, en el país de
los negritos de mierda. Un raro fenómeno del capitalismo post-post neo liberal
de la Argentina que espera y exige que las inversiones de capital se las
financie el gobierno, el gobierno de la yegua, el gobierno que repudian. ¿Son o
no son capitalistas? Parece que no. Son equinos. Es más sencillo ensamblar
cosas fabricadas en china que ensamblar cosas fabricadas aquí, por los negritos
de mierda. Porque, encima, los negritos tienen la tendencia a pedir aumentos de
sueldo, cosa que los chinos no hacen y, si lo hacen, es problema de ellos. La
industria argentina, salvo honrosas excepciones, es la industria del ensamble.
Nos ensamblamos en contra de nosotros mismos, en contra de la yegua porque de
ningún modo vamos a permitir que un negrito de mierda tenga acceso al mismo lcd
o led, a la casa propia o al autito modesto, a la educación conducente y
edificante de otros tiempos, a la salud pública digna… faltaba más. Eva Duarte
murió, Illía murió, Perón murió, Alfonsín murió, Néstor Kirchner murió… y la
yegua todavía no se muere. Hay que matar a la yegua. Para que reine la
ignorancia y nunca, pero nunca, se le ocurra hacer “tronar el escarmiento”. Y
la yegua nunca podrá escarmentar a nadie porque la matan de maneras más sutiles
que las anticuadas asonadas militares. La matan haciendo que pierda las
elecciones y obligándola a que gobierne con el ya probado y fracasado sistema
del ensayo-error. Y la yegua no puede o no sabe qué hacer con los industriales
que no industrializan nada y los del campo que nunca pisaron una bosta de vaca.
Al fin y al cabo es mujer… debería irse a lavar los platos.
De los banqueros, de los buitres y otros cogotudos del orto.
¿Hará falta que
hable de esos otros? Por las dudas lo haré. Son los financistas del apocalipsis
que quieren los otros cogotudos del orto de los que ya hablé. Porque es sabido
que en la debacle cambiaria, inflacionaria y monetaria ellos siempre se llenan
de guita. Eso es sabido, comprobado e histórico. Y cuando la debacle no se
produce sola, la provocan ellos. Porque es su forma de enriquecerse más allá de
lo imaginable. Los bancos en la Argentina deben ser los únicos que desalientan
los depósitos con intereses ridículos. Y eso es porque no se dedican a
financiar nada más que a sí mismos. No prestan a los comerciantes, no prestan a
los industriales, no prestan a los del campo. No les hace falta asumir los
riesgos inherentes del capitalismo porque viven de otra cosa más sencilla. La
especulación. El mejor negocio argentino. Y nadie, ni si quiera la “zurdita”
Cristina, les toca el culo. La inflación, el otro mejor negocio argentino para
los especuladores, es la solución que los enriquece. La Cristina no es la
Evita. No les va a tocar el culo. Va a perder las elecciones porque cree que le
ganó la guerra al Clarín olvidando la historia, por ejemplo de Rockefeller que,
habiendo perdido su monopolio, se convirtió en el hombre más próspero del mundo,
capaz de poner y sacar gobiernos a su antojo. Eso le está pasando a Cristina.
La van a voltear y nosotros estamos permitiendo indolentemente que nos volteen
a nosotros. Porque el discursito lineal de que la culpa es de la yegua es más
sencillo de repetir y de creer. Mientras, en vez de unirnos en contra de la
mierda financiera, salimos corriendo a atesorar algunos dólares, a cambiar el
auto o a golpear cacerolas Essen para que se vayan todos. Tenemos desviados los
objetivos, no sabemos distinguir al enemigo. Y, aprovechando nuestra ignorancia
y corta memoria, los cogotudos del orto nos están dejando el culo sangrando…
porque el de ellos sigue sanito y próspero. Aunque yo también debería aceptar
el discursito simplista y maniqueo de que la culpa es de la yegua, de la
Cristina, porque es mujer y no quiere irse a lavar los platos. Así mi vida en
San Luis, decía, sería más sencilla, como la de los milicos… unos mandan y los otros
obedecen.
PD
Pero no puedo con
mi naturaleza insolente y bocasucia. Soy escritor… permítaseme la licencia de
la escatología en esta frase: cogotudos del orto, sigan con el plan maestro de
rompernos el culo, total… ya sabemos a quién podemos culpar. Como la yegua que
es, está disponible y a la vista; apunte, tire, pegue y festeje porque en una
de ésas, la volteamos.
lunes, 4 de noviembre de 2013
METAL Y PIEL (Las líneas de la vida)
LAS LINEAS DE LA VIDA
Apenas rocé su botoncito rojo me respondió con un canto sin melodía ni compás; tenía frío. Desafinó unos
minutos y fue encontrando armonía y las mieles de la tibieza. Se acompasó
lentamente hasta que su voz encontró el tono justo.
-Estoy lista ahora -me dijo en un
idioma que sólo entendíamos nosotros.
Suavemente enfilamos hacia lo que
ambos queríamos, hacia el camino. Nos alejamos de la ciudad del viento, de su
chatura pretenciosa, de su indiferencia y pequeñez. De sus ventanas enrejadas y
de su gente prisionera del aburrimiento. Encontramos, por fin, el camino. Nos
sentimos briosos, apremiados ante una recta ascendente que requería velocidad,
mucha velocidad, tanta, que el aburrimiento se quedara atrás y no nos volviera
a alcanzar.
Ella me explicó que se sentía
bien corriendo pero que también quería danzar alrededor de esa línea blanca o
amarilla, amarilla doble, a veces borrada por el tiempo. Quería danzar,
transgredir las líneas porque esas líneas son también como las rejas de la chatura,
de la ciudad de los aburridos. Y quedamos en un trotecito agradable como para
bajar de a poco el ritmo, como los atletas, como los ciclistas, como los
amantes, preparándonos para la danza esforzada y gozosa de quien se enfrenta a
una inmensa montaña para subirla, subirla bailando. Y la montaña comenzó
ominosa, poderosa, a exigir que mi corazón de carne se enlazara rítmicamente al
corazón metálico de mi compañera.
-¿De qué estará preñada esa curva
panzona que nos exige comenzar los primeros pasos?
-De paisaje, compañero, de
paisaje está preñada… pero no te distraigas ahora y no me inclinés demasiado
porque el asfalto está sucio, casi tanto como la gente que dejamos atrás.
Y comenzó el vaivén de un bolero
lento y cuidadoso al principio, mutando rápidamente a una danza gitana que nos
obligó a transgredir, una y otra vez, la línea de la ley amarilla que mantiene
presos a los que ya están presos sin saberlo. Y vinieron, una tras otra, las
preñeces de de cientos de curvas, unas más preñadas que otras, en subidas y en
bajadas, por dentro y por fuera de la ley amarilla que separa a los que vuelven
a prisión de los que, por fin escaparon, de ella. Y mi compañera ronroneaba de
placer en cada contra curva que, de peligrosas, nos hacían sentir libres.
Libres de toda libertad, aunque sólo bastaría soltarle un poquito las riendas
para que cualquiera de esas curvas nos recuerde que la preñez termina en parto…
abismo o montaña inamovible. No, no queríamos ser paridos… no todavía. Y
cruzamos la ley, la ignoramos, la pisoteamos, la ensuciamos un poco más, la
burlamos con la burla de los niños, nos reímos y nos asustamos, gozando con el
goce de los niños.
En la cumbre nos detuvimos para
recuperar el aliento. Miramos ahora el descenso lleno de nuevas curvas y líneas
amarillas que, ambos sabíamos, nos llevaban de preñez en preñez a otra prisión,
a otras rejas, a otro aburrimiento del cual volveríamos a escapar cuando
quisiéramos, siempre juntos, hombre y máquina, para siempre prófugos alienados
de la civilización que nos creó.
viernes, 18 de octubre de 2013
Señalame el camino
Señalame el camino, búho, en mi marcha oscura.
Señalame el camino, cuervo, en mi marcha silenciosa.
Señalame el camino, serpiente sabia, en mi marcha siseante.
Señalame el camino, luna cantina, para caminar por donde los
pasos duelan menos.
Señalame el camino, lucero empecinado, y guíñame un ojo.
Señalame el camino, teru-teru, con tu engañoso grito.
Señalame el camino, amada, en mi retorno a la vida.
Señalame el camino, amigo, para evitar las trampas de la
noche.
Señalame el camino, hermano, para no equivocar mi abrazo.
Señalame el camino, lluvia, para no equivocar mis lágrimas.
Señalame el camino, golondrina, para no volver al invierno.
Señalame el camino, zorzal, para no equivocar mi canto.
Señalame el camino, maestro, para no equivocar mis
consonantes.
Señalame el camino, maestra, para no equivocar mis álgebras
de amor.
Señalame el camino, Pedro, para volverte a ver cuando sea mi
hora.
Señalame el camino, Juan, para olvidar la sangre y recordar
las bagualas del monte.
Señalame el camino, hijo, para ser tu luz y quedarme.
Señalame el camino, papá y me recostaré, por fin, en tu
amparo.
Señalame el camino, abuela, y enseñame la paz.
Señalame el camino, mamá, y así reconocer por fin, tus
manos.
Señalame el camino, rabino sabio, para aprender a perdonar.
Señalame el camino, cura bueno, y enseñame a rezar.
Señalame el camino, jazmín, para saber que, por
fin, llegué a sus brazos.
miércoles, 16 de octubre de 2013
domingo, 2 de junio de 2013
Law šá lláh
Law šá lláh (del árabe "que dios lo permita")
Ojalá que no termine este día, que no termine, ojalá.
Ojalá que no termine este día, que no termine, ojalá.
Que se quede el sol en ese poniente exacto un rato más,
ojalá.
Que esta tibieza suya quede anclada en mi patio un rato más,
ojalá.
Que se quede el sol un rato más y desmienta a Zarathustra,
ojalá.
Que se quede ese sol y me enseñe, me demuestre, que dios no
murió, ojalá.
Que el superhombre muera con dios, si dios ha de morir y que
quede ese sol anclado en mi patio y en mis ojos y en mis manos, ojalá.
Que el sol permanezca en ese exacto ocaso sin la crueldad de
los calendarios, ojalá.
Que se muevan los relojes, si quieren, pero que el sol se
demore un rato más en tu mirada, ojalá.
Que el sol me enseñe que no soy tan pobre todavía como para
dar limosnas, ojalá.
Que me dé tibieza sólo para construir nuevos latidos también mañana,
ojalá.
Que la noche embrujada no llegue aún y con sus engañosos
encantos se lo lleve, ojalá.
Que sus hilitos dorados detengan la sangre antigua, tan
eterna, tan presente, tan dolorosa, ojalá.
Que sus hilitos rojizos tejan una telaraña que me envuelva,
me absuelva y me libere de esas muertes viejas, ojalá.
Que me devuelva la simpleza y la insolencia, que lave mis culpas, todas ellas, ojalá.Que me enseñe a brillar de nuevo, ojalá.
Que se quede allí mientras tengo todavía ganas de mirarlo a la cara sin fruncir el ceño ni desviar la mirada, ojalá.
Pequeña oración de un ateo que leyó a Niestzsche.
sábado, 18 de mayo de 2013
CUENTO PARA NO MORIR
Un
pájaro con las alas rotas se posó en la única rama verde del gran y viejo árbol
que soy. Y mi corazón de árbol bombea sangre de árbol a esa sola ramita para
que el pájaro viva un poco más, un alguito más y retener así a ese ser que, por herido,
me da sentido.
jueves, 11 de abril de 2013
MANOS FRÍAS
Manos frías en el vapor de los azulejos empañados transitan
toda la pared dejando sus huellas como si no supieran adonde ir. Manos frías y
misteriosas que me rodean sin tocarme. Manos misteriosas. Manos que no son
mías. Manos que me buscan. Manos que saben algo que yo no. Manos que me avisan,
me advierten, me asustan. Manos frías, manos que no son mías, en los azulejos
empañados.
DANIEL, MI TÍO, EL QUE NO MURIÓ
Regresaba de la casa de mamá recorriendo las intrincadas callecitas de
su barrio en busca de la avenida que me regresaría a mi hogar. La panza llena y
el corazón contento porque, además de haber disfrutado de una copiosa comida de
madre, mi moto ahora ronroneaba suave y poderosa, lo que para mí era la mejor
sobremesa del mundo.
Era en esas ocasiones de paseo relajado, cuando yo aprovechaba para
mirar el entorno, a la gente, a las ventanas abiertas de las casas, cada una
mostrando instantáneas de sabe dios qué escenas familiares que yo no vería
nunca completas… sólo escenas acotadas por mezquinos marcos, por persianas
subidas a medias o por pudorosas cortinas que limitaban mi vista a cuadros
bellamente incompletos.
Gente regando sus jardines, chicos tentando a la suerte en sus
bicicletas y algunos, fumando el penúltimo cigarrillo antes de la siesta.
Ráfagas de visiones que se evaporaron de golpe cuando vi y fui visto
por un hombre de unos setenta y algo que estaba sentado en el borde de un
cantero, con las piernas cruzadas, fumando y mirándome pasar. Nada
extraordinario… salvo por el hecho de que el hombre era mi tío y mi tío había
muerto hacían ya más de tres años, casi cuatro.
Me detuve como pude haciendo derrapar las lamentables cubiertas de mi
moto sobre el asfalto y comencé a retroceder con esfuerzo para quedar bien
enfrente del hombre que ahora me observaba con una sonrisa que yo bien conocía…
sonrisa sarcástica, irónica y honesta que hacía resaltar aún más sus
nicotinados dientes en esa cara mofletuda y delgada de bulldog desnutrido con
la que siempre supo hacerme reír desde niño y hasta hace muy pocos años, cuando
un infarto selló su final.
Pero mi tío estaba muerto, totalmente muerto.
Estuve moqueando en su velorio, toqué sus manos frías en el ataúd y
hasta dejé un puñadito de tierra en su tumba.
Sin embargo me miraba y sonreía desde el cantero de un descuidado
jardín de barrio.
Daniel, mi tío Daniel.
Casi cuatro años muerto y en esa siesta somnolienta y calurosa de San
Luis me miraba y me sonreía como siempre lo hizo, queriéndome, explicándome sin
hablar que se trataba de su última broma, que no había nada macabro, que había
burlado al electrocardiograma, al desfibrilador, al electroencefalograma, al
cardiólogo, al forense y al sepulturero… que había encontrado la forma de huir
de su vida… sin morir.
Daniel, mi tío Daniel.
No fue necesario hablarle… ni escucharlo.
Simulando una lamentable confusión de identidad engrané el cambio de
mi moto y me fui lentamente sin mirar atrás. Ahora era yo quien sonreía y recordaba
que cada vez que él me sorprendía con un nuevo chiste me decía “tenés mucho que
aprender, pibe”.
Desde entonces creo que hay muertes que vale la pena vivir… como la de
Daniel, mi tío, el que no murió.
miércoles, 6 de marzo de 2013
SOFISMAS
SOFISMAS SOBRE LO
IRRESISTIBLE Y LO INAMOVIBLE
¿Qué sucede
si se oponen una fuerza irresistible con un obstáculo inamovible?¿Es una
falacia?¿Es una utopía?¿Es acaso un ejercicio estéril, sofisma de la física o
de la filosofía?
Dejá de preguntar boludeces y hacé algo
útil, diría mi padre, si pudiera decir algo.
No entiendo qué clase de loco se haría
esas preguntas, diría mi madre.
A vos nunca te gustó laburar, diría mi
hermano, el del medio.
Eso es tan estúpido como hablar de la cuadratura
del círculo, diría mi profe, la de matemáticas.
Filosofía barata con zapatos de goma,
diría Charly.
Se te enfrían las milanesas, diría mi
abuela, si pudiera decir algo.
Andá a cagar expeditivamente, diría mi
amigo que gusta de las palabras exóticas.
Lo tuyo es una forma peculiar de autismo,
diría mi psicólogo.
Asquerosamente escatológico, diría mi
profe de lengua, que hacía abluciones con ginebra en el baño del colegio.
Cambiá los medicamentos que tomás, diría
mi otro hermano, el menor.
Probablemente sea un desorden
postraumático, diría mi médico.
¿Te tomaste la presión? diría mi otra
abuela, si pudiera decir algo.
¿Quién, en su sano juicio, se hace esas
preguntas? diría mi abogado.
Ya decía yo que no merecía la
excarcelación, diría la ex jueza.
Me niego a declarar, diría mi amigo el
preso.
De eso se murió Aristóteles, viene a ser
como un agrandamiento del hígado, diría el forense.
No entiendo la pregunta, diría mi hijo el
menor.
Estoy apurada, diría mi hija la mayor.
Yo soy ingeniero… no pelotudo, diría mi
hijo el ingeniero, el del medio.
¿Lo qué? diría mi hijo, el mayor.
Prestame unos pesos para el cine, diría mi
nieta, la mayor.
Fijate en google, diría mi nieto, el menor.
¿No será epilepsia? diría mi amiga la del
club.
Aflojale al faso, diría mi amigo el Coki.
Pagame el saldito que quedó… todo lo demás
se dibuja, diría mi contador.
¿Tenés mutual? me diría mi vecino, el de
enfrente.
Inamovible ¿va con v corta? preguntaría un
colega escritor.
Lo tuyo es la novela, dedicate a eso,
agregaría mi colega el escritor enamorado de las b altas y siempre desengañado
por ellas.
Tenés un poco alto el colesterol, diría la
bioquímica… o infección urinaria. Una de dos, o las dos concomitantes,
añadiría, un poco confundida.
¿Sofisma?... ¿No será un aneurisma? diría
mi neurólogo… porque sofisma no sé qué enfermedad es. Seguro viene de la aorta
porque en la yugular no puede ser… ahí se produce el kirchnerismo, que es otra
cosa que sufrimos todos… acotaría el neurólogo que perdió la batalla por la
extinción de su última neurona.
¿Falacia? ¿No se llamaba así la hermana
del Guille? diría mi ex compañero de la primaria.
Ojo que el seguro no te cubre eso, leé la
letra chica, me diría el asegurador.
Yo sufrí de eso cuando era chico y me
masturbaba mucho, diría un desorientado que pasaba por ahí.
Habría que buscar la etimología, diría el
etimólogo.
Antisemitas que se olvidan del holocausto,
diría Julito.
Trastorno obsesivo compulsivo o
esquizofrenia de la peor, diría Pellegrini…
pero no requiere internación, se
apresuraría a aclarar el vice-doc.
¡Ashlam vení acá! gritaría mi amorcita sin
ver que el perrito estaba bostezando justo bajo sus pies.
¿Utopía? Creo que es un antibiótico de
amplio espectro que ya no sale más, diría mi farmacéutica…basado en la
tetraciclina creo que era, pero tenía demasiadas contraindicaciones. Ahora las
curitas son de plástico, agregaría la boticaria, mientras endulzaba su café con
escopolamina.
¿Lo qué? diría mi hijo el mayor si le
preguntara de nuevo.
Inamovible es la AFIP, diría un estanciero
mientras escondía toneladas de soja en un silo subterráneo.
Irresistible es la mina que va al gym
conmigo los miércoles, diría mi amigo el metrosexual mientras se miraba
extasiado en el espejo del baño.
Metáfora brillante aunque aburguesada del
neomarxismo posmoderno que reniega del materialismo dialéctico, diría el
sociólogo, un poco entrado en copas.
Las cuentas no cierran por culpa de los
recursos humanos, diría un neoliberal menemista.
Hay que sacarla de raíz, diría el viejito
jardinero.
¿Falacia? No me dieron tiempo porque si
no, la hubiera desaparecido a esa zurdita, diría Videla.
Si estuviéramos en el uno a uno, seríamos
felices comprando televisores en vez de hacer preguntas boludas, diría El Turco.
Es emblemático eso del sofisma, diría el
Alberto.
A lo largo y a lo ancho de mi pueblo… y si
no hay pueblo, lo vamos a construir, agregaría el Adolfo.
Es la impronta del peronismo en el
conciudadano, completaría Claudio.
¿Sofisma? Se consume mezclada con peyote o
ayahuasca, creo… diría Perlongher, si pudiera decir algo.
Es usted mismo un sofisma que camina diría
García Márquez, si pudiera decir algo.
Minuciosamente imbécil, diría Cortázar, si
pudiera decir algo.
Mírese en un espejo, diría Borges, si
pudiera decir algo.
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