Manos frías en el vapor de los azulejos empañados transitan
toda la pared dejando sus huellas como si no supieran adonde ir. Manos frías y
misteriosas que me rodean sin tocarme. Manos misteriosas. Manos que no son
mías. Manos que me buscan. Manos que saben algo que yo no. Manos que me avisan,
me advierten, me asustan. Manos frías, manos que no son mías, en los azulejos
empañados.
jueves, 11 de abril de 2013
DANIEL, MI TÍO, EL QUE NO MURIÓ
Regresaba de la casa de mamá recorriendo las intrincadas callecitas de
su barrio en busca de la avenida que me regresaría a mi hogar. La panza llena y
el corazón contento porque, además de haber disfrutado de una copiosa comida de
madre, mi moto ahora ronroneaba suave y poderosa, lo que para mí era la mejor
sobremesa del mundo.
Era en esas ocasiones de paseo relajado, cuando yo aprovechaba para
mirar el entorno, a la gente, a las ventanas abiertas de las casas, cada una
mostrando instantáneas de sabe dios qué escenas familiares que yo no vería
nunca completas… sólo escenas acotadas por mezquinos marcos, por persianas
subidas a medias o por pudorosas cortinas que limitaban mi vista a cuadros
bellamente incompletos.
Gente regando sus jardines, chicos tentando a la suerte en sus
bicicletas y algunos, fumando el penúltimo cigarrillo antes de la siesta.
Ráfagas de visiones que se evaporaron de golpe cuando vi y fui visto
por un hombre de unos setenta y algo que estaba sentado en el borde de un
cantero, con las piernas cruzadas, fumando y mirándome pasar. Nada
extraordinario… salvo por el hecho de que el hombre era mi tío y mi tío había
muerto hacían ya más de tres años, casi cuatro.
Me detuve como pude haciendo derrapar las lamentables cubiertas de mi
moto sobre el asfalto y comencé a retroceder con esfuerzo para quedar bien
enfrente del hombre que ahora me observaba con una sonrisa que yo bien conocía…
sonrisa sarcástica, irónica y honesta que hacía resaltar aún más sus
nicotinados dientes en esa cara mofletuda y delgada de bulldog desnutrido con
la que siempre supo hacerme reír desde niño y hasta hace muy pocos años, cuando
un infarto selló su final.
Pero mi tío estaba muerto, totalmente muerto.
Estuve moqueando en su velorio, toqué sus manos frías en el ataúd y
hasta dejé un puñadito de tierra en su tumba.
Sin embargo me miraba y sonreía desde el cantero de un descuidado
jardín de barrio.
Daniel, mi tío Daniel.
Casi cuatro años muerto y en esa siesta somnolienta y calurosa de San
Luis me miraba y me sonreía como siempre lo hizo, queriéndome, explicándome sin
hablar que se trataba de su última broma, que no había nada macabro, que había
burlado al electrocardiograma, al desfibrilador, al electroencefalograma, al
cardiólogo, al forense y al sepulturero… que había encontrado la forma de huir
de su vida… sin morir.
Daniel, mi tío Daniel.
No fue necesario hablarle… ni escucharlo.
Simulando una lamentable confusión de identidad engrané el cambio de
mi moto y me fui lentamente sin mirar atrás. Ahora era yo quien sonreía y recordaba
que cada vez que él me sorprendía con un nuevo chiste me decía “tenés mucho que
aprender, pibe”.
Desde entonces creo que hay muertes que vale la pena vivir… como la de
Daniel, mi tío, el que no murió.
miércoles, 6 de marzo de 2013
SOFISMAS
SOFISMAS SOBRE LO
IRRESISTIBLE Y LO INAMOVIBLE
¿Qué sucede
si se oponen una fuerza irresistible con un obstáculo inamovible?¿Es una
falacia?¿Es una utopía?¿Es acaso un ejercicio estéril, sofisma de la física o
de la filosofía?
Dejá de preguntar boludeces y hacé algo
útil, diría mi padre, si pudiera decir algo.
No entiendo qué clase de loco se haría
esas preguntas, diría mi madre.
A vos nunca te gustó laburar, diría mi
hermano, el del medio.
Eso es tan estúpido como hablar de la cuadratura
del círculo, diría mi profe, la de matemáticas.
Filosofía barata con zapatos de goma,
diría Charly.
Se te enfrían las milanesas, diría mi
abuela, si pudiera decir algo.
Andá a cagar expeditivamente, diría mi
amigo que gusta de las palabras exóticas.
Lo tuyo es una forma peculiar de autismo,
diría mi psicólogo.
Asquerosamente escatológico, diría mi
profe de lengua, que hacía abluciones con ginebra en el baño del colegio.
Cambiá los medicamentos que tomás, diría
mi otro hermano, el menor.
Probablemente sea un desorden
postraumático, diría mi médico.
¿Te tomaste la presión? diría mi otra
abuela, si pudiera decir algo.
¿Quién, en su sano juicio, se hace esas
preguntas? diría mi abogado.
Ya decía yo que no merecía la
excarcelación, diría la ex jueza.
Me niego a declarar, diría mi amigo el
preso.
De eso se murió Aristóteles, viene a ser
como un agrandamiento del hígado, diría el forense.
No entiendo la pregunta, diría mi hijo el
menor.
Estoy apurada, diría mi hija la mayor.
Yo soy ingeniero… no pelotudo, diría mi
hijo el ingeniero, el del medio.
¿Lo qué? diría mi hijo, el mayor.
Prestame unos pesos para el cine, diría mi
nieta, la mayor.
Fijate en google, diría mi nieto, el menor.
¿No será epilepsia? diría mi amiga la del
club.
Aflojale al faso, diría mi amigo el Coki.
Pagame el saldito que quedó… todo lo demás
se dibuja, diría mi contador.
¿Tenés mutual? me diría mi vecino, el de
enfrente.
Inamovible ¿va con v corta? preguntaría un
colega escritor.
Lo tuyo es la novela, dedicate a eso,
agregaría mi colega el escritor enamorado de las b altas y siempre desengañado
por ellas.
Tenés un poco alto el colesterol, diría la
bioquímica… o infección urinaria. Una de dos, o las dos concomitantes,
añadiría, un poco confundida.
¿Sofisma?... ¿No será un aneurisma? diría
mi neurólogo… porque sofisma no sé qué enfermedad es. Seguro viene de la aorta
porque en la yugular no puede ser… ahí se produce el kirchnerismo, que es otra
cosa que sufrimos todos… acotaría el neurólogo que perdió la batalla por la
extinción de su última neurona.
¿Falacia? ¿No se llamaba así la hermana
del Guille? diría mi ex compañero de la primaria.
Ojo que el seguro no te cubre eso, leé la
letra chica, me diría el asegurador.
Yo sufrí de eso cuando era chico y me
masturbaba mucho, diría un desorientado que pasaba por ahí.
Habría que buscar la etimología, diría el
etimólogo.
Antisemitas que se olvidan del holocausto,
diría Julito.
Trastorno obsesivo compulsivo o
esquizofrenia de la peor, diría Pellegrini…
pero no requiere internación, se
apresuraría a aclarar el vice-doc.
¡Ashlam vení acá! gritaría mi amorcita sin
ver que el perrito estaba bostezando justo bajo sus pies.
¿Utopía? Creo que es un antibiótico de
amplio espectro que ya no sale más, diría mi farmacéutica…basado en la
tetraciclina creo que era, pero tenía demasiadas contraindicaciones. Ahora las
curitas son de plástico, agregaría la boticaria, mientras endulzaba su café con
escopolamina.
¿Lo qué? diría mi hijo el mayor si le
preguntara de nuevo.
Inamovible es la AFIP, diría un estanciero
mientras escondía toneladas de soja en un silo subterráneo.
Irresistible es la mina que va al gym
conmigo los miércoles, diría mi amigo el metrosexual mientras se miraba
extasiado en el espejo del baño.
Metáfora brillante aunque aburguesada del
neomarxismo posmoderno que reniega del materialismo dialéctico, diría el
sociólogo, un poco entrado en copas.
Las cuentas no cierran por culpa de los
recursos humanos, diría un neoliberal menemista.
Hay que sacarla de raíz, diría el viejito
jardinero.
¿Falacia? No me dieron tiempo porque si
no, la hubiera desaparecido a esa zurdita, diría Videla.
Si estuviéramos en el uno a uno, seríamos
felices comprando televisores en vez de hacer preguntas boludas, diría El Turco.
Es emblemático eso del sofisma, diría el
Alberto.
A lo largo y a lo ancho de mi pueblo… y si
no hay pueblo, lo vamos a construir, agregaría el Adolfo.
Es la impronta del peronismo en el
conciudadano, completaría Claudio.
¿Sofisma? Se consume mezclada con peyote o
ayahuasca, creo… diría Perlongher, si pudiera decir algo.
Es usted mismo un sofisma que camina diría
García Márquez, si pudiera decir algo.
Minuciosamente imbécil, diría Cortázar, si
pudiera decir algo.
Mírese en un espejo, diría Borges, si
pudiera decir algo.
jueves, 21 de febrero de 2013
IMBÉCILES
Imbécil:
Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha
sido siempre dominante. La actividad del Imbécil no se limita a ningún campo
especial de pensamiento o acción, sino que satura y regula el todo. Siempre
tiene la última palabra; su decisión es inapelable.
Adaptado del Diccionario del Diablo (Ambroce
Bierce, 1892).
IMBÉCILES
El
que da o cumple órdenes…por encima o por debajo del obediente.
El
que siente pasar un balazo zumbando cerca de su cara y se queda allí, esperando
que siguiente tiro le explique la procedencia del primero, explicación que
seguramente ya no podrá comprender.
Los
que tienen un ganglio inflamado y le llaman cerebro.
Los
que creen que el cerebro segrega una asquerosa sustancia llamada mente.
Los
que creen que la mente es como un tumor y tratan denodadamente de extirparla,
en especial, de los ganglios de sus congéneres.
Los
que creen que la música sale de un instrumento y la danza de un cuerpo.
Los
que no escucharon el Silencio de Beethoven.
El
que se mira en un espejo y se encuentra.
El
que mirando un cadáver dice –pobre… pasó a mejor vida.
El
que aborrece asqueado de un gólem mientras obedece, embelesado y servil, a un
tótem.
Los
que dicen que hay que ver el vaso medio lleno.
El
que cree que sólo un clavo puede sacar a otro.
El
que, sin leer a Cortázar, cree que puede subir una escalera… o darle cuerda a
un reloj.
El
que, sólo porque tiene pies, cree que es caminante.
El
que nunca conoció a un Cronopio ni habló con una Fama.
El
que no sabe que las venas de esta América siguen abiertas.
El
que no entiende que Othar, el caballo de Atila, no sabía trotar.
El
que no sabe que ya son muchos más que Cien años de soledad.
El
que cree que a Borges no le gustaban los espejos y que por eso nunca fue feliz.
El
que no sabe que afuera, justo en la puerta de su casa, hay una guerra a la que
está invitado.
El
que no ve la belleza en una muñequita vudú cosida con pelo de una cabra negra.
Los
que tampoco saben que Violeta Parra murió sin encontrar esos ojos claros y
escondidos… que la multitud le negó.
Los
que creen saber por qué Alfonsina eligió el mar, cuando pudo besar la selva
través del reloj y la mirada de oro de Horacio Quiroga.
El que
no sabe que en Buenos Aires alguna vez, en diez mil balcones, hasta los
geranios lloraron.
El
que no vio pasar a un ángel en bicicleta con alas en las ruedas y un corazón
roto en los pedales.
Los
que no ven todo lo que descuidó el Presidente… y que a los chicos les entra por
la nariz.
Los
que no escucharon la Canción de las cantinas ni vieron asomar la luna entre
esas montañas y valles que se me antojan azules… y que, en mi peculiar cordura,
son los senos de mi amada que beso y acaricio con impunidad.
Los
que no saben que en el patio del amor, entre petirrojos, teros y torcazas, anida
también un cuervo que encontró abrigo y alimento… sin tener que revolver en la
inmundicia perfumada de amores largamente muertos.
Los
que no saben que lloré por vos cuando la luna, distraída, estaba llorando
por mí.
Los
que no saben que por las noches el dolor duele más.
Los
que no saben que pueden separarse de su sombra… y dejarla ir.
Los
que no saben que la carne sufre y se va… pero deja en su lugar lirios y
crisantemos, cardos y madreselvas que huelo y beso en ese templo del amor y el
sudor… que es tu boca y tu cama.
Los
que creen que una flor puede morir sin dejar su misterioso perfume de jazmines en papeles amarilleados por el tiempo, en los que escribirás con mi
única pluma los sinsentidos de un alma en la que nunca creímos y que, sin
embargo, será perpetua.
Y los
que no saben de la muerte enancada en el caballo de la Delfina… o de la rosa roja
que floreció en la frente del caudillo enamorado que murió por mí. Y por vos.
Los
que no se miraron en el espejo barroso de nuestro río, más infinito
que el mar inglés con su nublado eterno y que nos devolvió la imagen piadosa de
la niña Manuelita…
Sin
mentiras, pero con la poesía de Borges o las ironías de Cortázar. Cosas que
charlábamos… inconscientes de que los crepúsculos se habían convertido ya en
amaneceres llenos de pájaros que nos llevaron con sus gorjeos y decires, una y otra vez a nuestro
templo del sudor.
Y así,
el mundo late, vive, se infecta, se enferma, sana y se inflama atiborrado de
los otros que creen que saben… los imbéciles.
Pero
ese mundo, junto al sol y a nuestras lunas, yace anclado en tu patio, en tus
palabras sabias y en tus silencios y, claro, en mi pluma borracha y empecinada.
Aún
así, los otros, los imbéciles, creen que saben.
jueves, 24 de mayo de 2012
TIERRA EN LA CARA
Dos puñados de tierra en la cara.
Sólo éso le regalé a mi amigo
en esta tibia tarde de mayo.
Antes de hoy
nada le entregué…
más que dos puñados de olvido.
Y antes de hoy
nada me dio él…
más que dos puñados de olvido.
No recibiré ya
de su mano
la tierra mutua
cuando me toque yacer.
Sin embargo
esta tarde lloré.
Por él y por mí.
Por la amistad que fue
y por la que no fue…
Esta tarde lloré.
jueves, 19 de enero de 2012
EL CARPO
ESTA NOCHE TOCAN PARA LA MEMORIA VIVA DEL CARPO.
LOS JÓVENES MÚSICOS TRANSPIRAN FRÍO.
LES TIEMBLAN LAS PIERNAS.
SE LES ACELERA EL PULSO.
EL GUITARRISTA CREE QUE NO PODRÁ.
EL BATERO SE PREGUNTA QUÉ HACE AHÍ.
EL CANTANTE SIENTE QUE SU GARGANTA NO EMITIRÁ SONIDO.
EL BAJO SE QUIERE TIRAR DEL ESCENARIO.
Y ES QUE ESTÁN POR TOCAR PARA EL CARPO, EN SU MEMORIA.
PERO PAPPO, DESDE DONDE QUIERA QUE ESTÉ,
SE RÍE CON SU RUIDOSA CARCAJADA Y LES DICE:
LES TIEMBLAN LAS PIERNAS.
SE LES ACELERA EL PULSO.
EL GUITARRISTA CREE QUE NO PODRÁ.
EL BATERO SE PREGUNTA QUÉ HACE AHÍ.
EL CANTANTE SIENTE QUE SU GARGANTA NO EMITIRÁ SONIDO.
EL BAJO SE QUIERE TIRAR DEL ESCENARIO.
Y ES QUE ESTÁN POR TOCAR PARA EL CARPO, EN SU MEMORIA.
PERO PAPPO, DESDE DONDE QUIERA QUE ESTÉ,
SE RÍE CON SU RUIDOSA CARCAJADA Y LES DICE:
-¡Toquen, maricones, toquen y canten, carajo!
Y LA BANDA ARRANCA CON TODO…
NO IMPORTA SI EL BATERO CHINGA UN REDOBLE…
NO IMPORTA QUE AL GUITARRISTA SE LE TRABEN LOS DEDOS…
NO IMPORTA QUE EL BAJISTA ESTÉ CAGADO…
NI QUE EL CANTANTE DESAFINE UN POCO…
EL CARPO IGUAL ESTARÍA FELIZ… ENTRE EL RUIDO DE LOS MOTORES, EL OLOR A FIERROS CALIENTES, EL HUMO DE GOMAS QUEMADAS.
ENTRE RISOTADAS, TRAGOS Y NOSTALGIAS, JURARÍA QUE POR UN MOMENTO SENTÍ SOBRE MI HOMBRO LA PESADA MANO DE PAPPO Y SU RASPOSA VOZ QUE DIJO EN MI OÍDO:
¡Así me gustan las cosas, che. Así debe ser el rock and roll, carajo!
viernes, 15 de julio de 2011
NO HAY PEOR CIEGO QUE UN SORDO
Me siento como un basilisco sin ojos, nacido de un huevo deforme puesto por un gallo y empollado por un sapo. Y aún sin ojos, puedo ver lo que se me permite ver. Soy un basilisco fracasado y cansado que huele a viejo y a sucio.
Mi misión en este mundo es ser un lazarillo. Cumplo un mandato tan equívoco como absurdo que me restringe a una única tarea posible: guiar a quienes se equivocan en la vida para que escojan el camino más recto hacia la ruina humana total. Guiarlos para que no titubeen, que no se desvíen, para que vayan derechito al abismo. Esa es mi misión.
He pasado años y años guiando a perros ciegos y sordos, algunos rengos y ciegos y sordos. Siempre perros.
Me he preguntado cómo sería, cómo se sentiría ser guiado, en vez de guía. Pero supongo que, a pesar de mi destino, prefiero mantener por un tiempo más el don de mi acotada vista y ser el lazarillo.
Porque así, cada vez que llevo a alguien al abismo, vuelvo sobre mis pasos a buscar a otro perro que necesite mis servicios y sobrevivo un día más, soy útil un día más. Llego al borde, digo unas palabrillas de consuelo y luego lo empujo tiernamente a su final. Y cada vez que lo hago quedo en el borde mismo, titubeo, estoy tentado… pero no.
Cuando llegue mi día y sea yo el ciego, vendrá otro pobre lazarillo que me reemplazará, me conducirá hasta el filo y, antes de empujarme suavemente, me dirá al oído que es mi hora. Y como estaré sordo y ciego, nunca sabré si sus palabras serán piadosas o inclementes. Supongo que será una caída breve… los lazarillos estamos siempre muy cerca de las miserias del miserable que guiamos. Y seré libre, finalmente, del mandato y el mandamiento.
Pero mientras tanto… sigo guiando perros que no ven, que no escuchan. Soy un basilisco fracasado y cansado que huele a viejo y a sucio.domingo, 15 de mayo de 2011
DUMP
DUMP
(No me di cuenta y lo tiré)
Hombre: Animal tan sumergido en la contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser…*
* Adaptado del Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce, 1891.
Una vez me puse a sacar cuentas. Cuentas de cuántos cigarrillos había fumado en mi vida y de cuánta plata había gastado en humo. Y del dinero que gasté en putas y alcohol; de la fortuna tirada en alquileres, taxis, colectivos, gomerías, nafta, electricidad, cuentas de gas y teléfono. También contabilicé lo gastado en impuestos, en bares, golosinas, heladerías y cines. Ni hablar del número astronómico que obtuve de sumar lo gastado en objetos, autos y muebles inútiles, regalos, zapatos y ropa de marca.
Cuando agregué lo pagado en seguros, intereses bancarios, mutuales, gremios, médicos y farmacias, ahí paré.
Era un completo disparate. Eran cifras casi incomprensibles que me convertirían en millonario instantáneamente, si tuviera todo ese dinero bajo el colchón de la abuela. Pero no lo tenía; lo había producido y gastado a lo largo de toda una vida. No tenía el dinero ni el colchón ni a mi abuela.
Ahora, como antes, me encontraba peleando por unos pesos para subsistir y seguir, como un imbécil, gastando la mayor parte de mis ingresos en cosas que nunca fueron vitales. Felicidad de plástico –diría mi abuela, la dueña del colchón. Dinero tirado a la basura. Muchísimo dinero. Tanto, que el asunto ocupó mi cabeza por un tiempo. Lo comenté y sacamos muchas cuentas con mis amigotes del bar que, al principio, desconfiaban de mis cálculos. Pero invariablemente mordieron el anzuelo y todos ellos llegaron a los mismos resultados, pesos más, pesos menos. Lo descomunal del despilfarro nos producía un sabor profundamente amargo en la boca y especulábamos con todo lo que podríamos malgastar hoy, si no lo hubiéramos malgastado ayer.
Durante varios días ése fue el tema de nuestras conversaciones y nuestras bromas. Algunos hasta fantasearon con dejar de fumar o recortar de distintos y disparatados modos la interminable cadena de gastos superfluos.
El variopinto grupo del bar no se juntaba necesariamente completo, pero había algunos de ellos que nunca faltaban. Casi todos sucumbieron a la tentación de hacer por escrito los mismos cálculos que había hecho yo anotando detalles, fechas y cifras escritas en una variedad de sustratos como servilletas, etiquetas de cigarrillos y hasta en cajas de ravioles. Excepto el Mudo. Él era un poeta que nunca escribió un poema. Sólo en ocasiones y después mucho insistirle, solía decir alguno, en voz tan baja, que nos obligaba a aguzar el oído para no perdernos palabra.
-Nunca los escribo porque la poesía debe perfumar el aire en vez de manchar papeles –me dijo un día.
Estaba un poco loco.
El Mudo no hizo anotaciones ni comentarios, no porque fuera de verdad mudo, sino porque era un tipo muy parco e introvertido. Hablaba sólo lo indispensable para que el resto de nosotros recordáramos que estaba allí. El Mudo era muy breve y preciso en sus intervenciones, tanto, que los demás debíamos rendirnos frecuentemente a su extraña e implacable lógica.
Varios días de intercambios de cifras, apuntes y teorías después, el Mudo habló. Nos habló a todos y a nadie en particular.
-¿Realmente se preocupan por esos números?
-Claro que sí –respondió velozmente quien estaba a su derecha.
-¿A vos no te calienta haber tirado tanta plata al basurero a lo largo de tu vida? –argumentó otro.
-No –dijo el Mudo.
-¿No la gastarías de modo más inteligente si pudieras volver atrás? –le pregunté.
-No se puede volver atrás.
-¿Pero, si se pudiera? –insistí.
-Si se pudiera volver atrás, lo único que ahorraría, sería mi tiempo. Jamás desperdiciaría mi efímera vida en discusiones como ésta. Yo estuve sacando mis propias cuentas, pero no cuentas numéricas. Mis cuentas son siempre humanas. Las sumas y las restas me resultan en amores y desamores. Nunca me dio como resultado un número.
Por la angustiada expresión en su rostro, todos suponíamos que el Mudo estaba pasando un mal momento, un duro y prolongado mal momento en su vida. Pero nadie le preguntó nada. Preferíamos hablar boludeces antes que cargar con problemas ajenos… faltaba más.
Mientras se levantaba para irse, dejó un billete de veinte sobre la mesa del bar.
-Ahí tienen un número –dijo –yo me voy a buscar mi siguiente ecuación humana en la que todos sus factores son una incógnita y el resultado es siempre una desilusión. Una danza algebraica entre la mierda y dios, eso es la vida, según mis cálculos…
El Mudo salió, cerrando tras de sí, suavemente, la puerta de vidrio empañada.
En ella podía verse un corazón dibujado con el dedo por algún adolecente enamorado, que todavía podía reírse de la aritmética.
sábado, 7 de mayo de 2011
EL DUEÑO DE LAS UTOPÍAS
EL DUEÑO DE LAS UTOPÍAS
(Breve y confundido ensayo sobre los sueños)
De muy pocas cosas puedo sentirme dueño. O mejor dicho, ser el dueño.
Somos tan estúpidos los humanos que ni tan siquiera somos dueños de nuestros sueños. Ellos nos asaltan, nos estrangulan, se nos imponen. Vienen solapados y nocturnos, nos vapulean, nos moldean, nos hacen ásperos o pulidos, psicóticos o santos, víctimas o victimarios.
No podemos elegir con qué o con quién soñamos. Porque los sueños nos eligen, nos imponen un destino. Y yo escapo de ese destino (déjenme que lo crea) no sólo porque sueño despierto sino que, además, lo escribo.
No podemos elegir con qué o con quién soñamos. Porque los sueños nos eligen, nos imponen un destino. Y yo escapo de ese destino (déjenme que lo crea) no sólo porque sueño despierto sino que, además, lo escribo.
Bípedos engreídos. Orangutanes con un par de genes atravesados. Monos apaleados por la conciencia. Eso somos.
Creemos y queremos poseer las cosas materiales, aquellas de las que nos sentimos verdaderos propietarios. Aquéllas de las que hasta tenemos algún papelucho que nos dice sensualmente al oído “te pertenezco”…
…hasta que la muerte nos separe, cosa que inexorablemente sucederá.
Hoy hago uso de ese gen prestado que me separa de los simios y pienso que sólo somos dueños de nuestras utopías (no sé por qué pluralizo… tal vez es el otro gen, el del inconsciente colectivo) y eso, a condición de que las utopías queden escritas, que trasciendan. En forma de canción o de pintura, de poema o partitura, de ensayo o cuento, de oración o súplica, de leyenda y hasta de mentiras. Nuestras utopías, si están escritas, nos pertenecerán más allá de la muerte y el olvido.
Por eso elegí escribir, en lugar de acumular.
Elegí la utopía por sobre todas las cosas, inclusive, por sobre la vida misma.
Porque siempre sentí que me rondaba la muerte y que posaría su mano en mi hombro. Nadie, por mí, agregará una vela más a mi viejo candelabro.
Apuro mi pluma, entonces. Sólo para escribir mis utopías, decir mis decires. Apuro mi pluma. Y, aunque me siento ya señalado, lo hago para ver si puedo escribir un poquito más, algunas oraciones sueltas, algún menjunje de sílabas, alguna esdrújula desorientada.
¿Qué cosa es la utopía sino un sueño que sueño porque quiero? ¿No soy acaso el dueño de los sueños elegidos?
Apuro mi pluma, entonces, para que sepan los que quedan y los que vendrán, que hubo alguien que pudo elegir con qué soñar, que lo escribió, que lo deseó y lo tuvo. Y nada, ni la puta muerte, podrá despojarme de eso.
Mis utopías no se apolillarán junto a mis huesos. Soy su dueño. No serán útiles a nadie más. Sólo me sirvieron a mí, no las heredé, no las obtuve trabajando, no las robé, no las compré, no las vendí, no las copié, nadie las heredará, nadie las manchará o retorcerá… las dejo escritas, son mías.
sábado, 30 de abril de 2011
UNA VOZ CALLADA
(Pretensión de poesía enferma de dislexia y llena de rimas malogradas)
Una voz siempre acallada por tiranos escondidos
puja, insolente, en mi garganta incendiada
y como un ejército de niños perdidos
se precipitan hacia la nada
en busca de tu mirada, que ya se ha ido.
Voces que he parido
aunque no he querido
ni he pedido.
Voces que por mi lengua atenazada
dejaron mi alma preñada
de palabras bienhabladas…
y de las endiabladas.
Voces que, por tenerte tan cuidada
y al fin, tan amada
nunca fueron derramadas.
Hoy tuve vergüenza
de decirte mis decires…
Me parecieron inútiles y destemplados
como balbuceos de un profeta borracho
que desorienta sus sonidos
y tambalea, confundido,
temeroso ante tus oídos
y a la luz de tus ojos claros.
Palabras que parecían importantes
resultaron exangües, débiles
atravesadas por tus puñales de sol.
Puñales que, arteros,
deshacen en jirones
mis palabras mejor pensadas
que, pobres e idiotas,
morirán en mí
por siempre atragantadas.
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