jueves, 20 de mayo de 2010

21 "C"

Mente: Misteriosa forma de la materia segregada por el cerebro. Su principal actividad parece consistir en el esfuerzo por determinar su propia naturaleza, tentativa que parece fútil, puesto que la mente, para conocerse, no dispone de otra cosa que sí misma.*
*Adaptado del Diccionario del Diablo. Ambrose Bierce. 1891





Los ascensores nunca me gustaron, me atemorizan un poco porque son como ataúdes verticales, según mi enfermiza percepción de ciertas cosas. La campanita y el numerito luminoso me advirtieron de que ya estaba en el piso veintiuno. Eso, era un artículo de fe, pensé; ¿cómo puede alguien que viaja en un ataúd, saber de verdad, en dónde está? Pero el numerito luminoso, inequívocamente, decía veintiuno.
Por el pasillo, tranquilo, me dirigí al departamento “C”. Tenía la llave en la mano. Allí me esperaba mi último amor.
Entré sin titubear. Nunca vi tanta sensualidad, tanta provocación, tanta lujuria, tal tentación. Sentí que ella conocía mis rincones, que penetraba mi cerebro y mi corazón con impunidad; sentí que conocía todos mis secretos y debilidades; sentí que era irresistible e inevitable.
Parecía querer que la alcanzara, que la tocara, que la penetrara, que me arrojara a ella.
Estaba apenas confundido. Pero, ¿qué más daba? ¿Qué importancia tenía ahora? Estábamos solos en la habitación. Yo no daría un paso atrás y ella tampoco. Estábamos presos el uno del otro. Dependíamos el uno del otro. Sin mí, su existencia era inútil y sin ella, yo era menos que nada. Nos debíamos, y así sería por siempre.
Por un instante me quedé inmóvil, relajado, mirándola de frente, enamorado, perdido, imaginando sus profundidades, adivinando sus pliegues, saboreando sus mieles. Ella, enhiesta, casi desnuda, abierta, sonrió irresistible, regalándome un mohín que me estremeció de deseo.
Me quité la ropa, lentamente, sin apartar mis ojos de su silueta; era tan sensual… nada ni nadie me hubiera apartado de ese destino. Di unos pasos decididos y me lancé a mi remanso.
Me recibió en su tibio regazo, envolviéndome, abrazándome, susurrándome al oído cosas tan deliciosas, que apartaron de mí todo temor al asfalto horrible y gris de esa estúpida calle de Buenos Aires que se acercaba para aplastarme.

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