miércoles, 19 de mayo de 2010

El zapato izquierdo


          Desde que enviudó, mamá se tomaba la vida con mucha calma. Lejos de convertirse en una anciana demandante, se las arreglaba sola para todo; o para casi todo.
            Pero nunca pudo lidiar con la muerte de su marido, mi padre, en cosas tales como qué hacer con los objetos personales de papá, su marido, que ocupaban partes de la casa que ella quería destinar a otros objetos igualmente inservibles.
            Por esa razón me pidió, en un soleado domingo de octubre, que me ocupara de deshacerme de la ropa y otras cosas que habían quedado en estantes y placares. Considerando los años transcurridos, mamá comenzó a percibirlos como objetos de un culto enfermizo al finado, su marido, mi padre. Aproveché la ocasión para almorzar con ella y, más tarde, mientras mamá dormía la siesta, me dediqué a clasificar minuciosamente todas las cosas que se tirarían o regalarían. Con cinco cajas llenas de ropa, calzados, libros rotos, papeles y otras cosas inservibles, llamé a un buen amigo mío –dueño de una pequeña y pobrísima empresa de fletes- para que se las llevara e hiciera lo que quisiera con la carga. Estaba seguro de que él le daría buen destino a cada cosa a la vez que, por un módico precio, le reordenaba la casa a una viuda todavía algo llorosa, mi madre.
         Cuando mi amigo se fue, dejándome envuelto en la nube de humo que exhalaba su camioneta asmática, advertí que algo se había caído de una de las cajas. Era un zapato izquierdo de mi extrañado padre, el marido de mi madre.
 Decidí dejar el zapato allí, justo en donde había caído, cerca del cordón de la vereda. Seguramente alguien se lo llevaría…
        Pero, en semanas, nadie se lo llevó.
Pronto, a su alrededor y por encima del charolado zapato, empezó a formarse un creciente montículo de basura. Al cabo de un tiempo parecía casi un monolito. Decidí dejarlo un tiempo más… como un ejercicio pueril para evaluar cuánto tardarían en reaccionar los empleados municipales, siempre famosos por su desidia y desprolijidad. Pero pude notar que, en toda la cuadra, el único montículo de basura sin levantar era el que se había formado en torno al caído zapato de mi padre, el marido de mi madre.
        Un día en que visitaba a mi madre, a la hora del té, pude ver por la ventana que los niños del barrio orinaban, escupían y arrojaban chicles largamente masticados sobre el montículo que crecía y crecía.
     Nutrido, además, por basura que, disimuladamente, algunos adultos vecinos y transeúntes de paso, depositaban sobre él: colillas, envoltorios de caramelos, pañales sucios, excrementos de perros y gatos… hasta me pareció ver una noche que alguien, entre las sombras, defecaba directamente sobre la cúspide de toda esa inmundicia.
Muy pronto, me llegaba más o menos, hasta la cintura. Yo no podía creer que, en un barrio céntrico y coqueto como ése, hubiera gente tan asquerosa. Pero ese mismo día me sorprendí a mí mismo aportando una etiqueta arrugada de Marlboro que quedó pringada en la cima del montículo, bien pegada en la mierda de un vecino que, por lo que yo sabía, era un prestigioso contador que vivía al lado de la casa de mamá.
            Estaba indignado. Cada vez que yo aportaba alguna basura, encontraba gente aportando la suya. Ante mis visibles muestras de enojo, respondían con extrañas onomatopeyas y gestos que dejaban claro que, aún disculpándose, no podían evitarlo.
Y lo peor es que era cierto. Hasta mi madre aportaba alguna que otra porquería; y mi hermano también. En realidad, todo el barrio y, según pasaba el tiempo, comenzó a venir gente del centro de la ciudad y de otros barrios lejanos; se bajaban de sus autos y aportaban al montículo alguna pequeña asquerosidad propia. En ocasión de comentar el extraño fenómeno con mi madre, ella me explicó “es que a tu padre lo conocía mucha gente, hijo”.
            La descomposición de esa mezcla repugnante se podía oler desde la casa, aún con las ventanas cerradas. Los restos de pollo, choripanes, ravioles, preservativos usados, sopas de ayer, peines desdentados, maquinitas de afeitar, fideos dedalitos, algún que otro vómito y sabe Dios qué más, se hacían sentir con penetrante fuerza.
Aún así, la gente y los animalitos de buena parte de la ciudad seguían aportando a diario sus pequeñas miserias. Advertí que algunos “aportantes” usaban barbijos o pañuelos perfumados sobre el rostro para poder seguir con el irresistible ritual de depositar amorosamente sus desechos allí, como si fuera un morboso santuario de la Difunta Correa al que debían cumplirle una promesa.
            Yo, que por algún desconocido impulso me había mudado a vivir por unos días a la casa de mi madre, decidí que debía vigilar estrechamente ese montículo.
Dejé mi trabajo y casi no dormía. Estaba obsesionado por ese golem que ya había alcanzando, casi, mi propia estatura y que, día a día, mostraba formas extrañamente antropomorfas. Yo estaba orgulloso porque en la base de toda esa basura brillaba impoluto, el viejo zapato izquierdo de papá, el marido de mi mamá.
            Los ciertos hechos que relato se prolongaron durante meses hasta que, una noche, a la luz de una luna llena demencialmente extraña, noté sin dudas, que la parte superior del golem mostraba una cabeza perfectamente definida y, lo podría jurar por mi madre, en la plateada luminosidad de la noche vi, perfectamente definido, el rostro irónico de papá que me sonreía con su sarcasmo de siempre.
            Lo extrañaba muchísimo, pero eso era demasiado…
            Apenas se ocultó la luna, tomé una pala y deshice prolijamente el montículo de basura, coloqué todos sus asquerosos componentes en varias bolsas grandes y esperé pacientemente hasta comprobar que los municipales se lo llevaban, por fin, adonde quiera que debieran ir los zapatos izquierdos de la gente muerta.
            Sólo entonces regresé a mi casa y pude volver a dormir.

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